¿Te pasó alguna vez de estar a las 11 de la noche haciendo scroll infinito en Instagram o TikTok guardando “planes para hacer en Buenos Aires” que, en el fondo, sabés que probablemente nunca vayas a hacer? Cafés “imperdibles”, películas que “tenés que ver”, libros que “todo el mundo está leyendo”?
Entramos a las redes buscando inspiración, conexión o algo distinto, pero muchas veces terminamos con la sensación opuesta: más cansados, más aislados y con la impresión de haber perdido tiempo mirando experiencias ajenas en lugar de vivir las propias.
Hola! Mi nombre es Juliana, y siempre me interesó entender cómo las personas construyen vínculos, generan comunidad y encuentran sentido en compartir experiencias con otros. Por eso, desde hace un tiempo, empecé a notar algo que me interpela tanto personal como académicamente: vivimos en una época donde estamos hiperconectados digitalmente, pero cada vez más desconectados en lo cotidiano.
La pandemia profundizó algo que ya venía pasando, nos acostumbramos a coordinar planes por WhatsApp para después cancelarlos, a relacionarnos desde la comodidad (y también desde el cansancio) de las pantallas, y a consumir cultura de forma cada vez más individual. Vemos películas solos, leemos solos, escuchamos música solos. Incluso en una ciudad como Buenos Aires, llena de estímulos y personas, muchas veces cuesta encontrar espacios reales de encuentro.
Y creo que ahí aparece una de las grandes paradojas de nuestra generación: nunca tuvimos tantas posibilidades de contacto y, al mismo tiempo, tan pocas instancias de conexión significativa.
Desde la antropología entendemos que las personas no construimos comunidad solamente compartiendo un espacio físico. Construimos comunidad a través de rituales cotidianos, conversaciones, experiencias compartidas y momentos de intercambio. Cuando estos espacios empiezan a desaparecer, o se vuelven excepcionales, también cambia la manera en que habitamos la ciudad, nuestros vínculos y hasta nuestra propia rutina.
El Problema Social: la Epidemia de la Soledad
La falta de conexión social no es solo un sentimiento de tristeza, es una amenaza crítica para la salud pública. Según el informe Our Epidemic of Loneliness and Isolation, el aislamiento social y la falta de conexión representan hoy una crisis con impactos directos sobre la salud mental y física. La desconexión social aumenta el riesgo de muerte prematura en un 26% por soledad y un 29% por aislamiento social. Estar desconectados se vincula directamente con un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, ansiedad, depresión y demencia. A nivel mundial, casi una de cada seis personas afirma sentirse sola, y entre los adolescentes y adultos jóvenes, estas tasas son incluso más alarmantes.
Estos efectos trascienden el plano individual debido a que en una sociedad en donde los vínculos se debilitan, los espacios de participación, comunidad y encuentro se pierden. Eso se refleja en nuestras escuelas, trabajos y organizaciones, donde cada vez cuesta más sostener el compromiso colectivo, la empatía y el sentido de pertenencia.
El Dilema Digital: el costo de vivir entre pantalla
Nuestros celulares, que en teoría prometían acercarnos, muchas veces actúan como barreras. Un estudio realizado por la Universidad de Pittsburgh mostró que las personas que utilizan redes sociales más de 2 horas al día tienen el doble de probabilidades de sentirse aisladas que aquellas que las usan menos de 30 minutos diarios.
El uso intensivo de pantallas genera una dependencia que afecta nuestra salud mental y autoestima, sino también la manera en que prestamos atención y experimentamos el tiempo. Cada vez más acostumbrados a consumir contenido en fragmentos rápidos e infinitos, vivimos saltando de un video a otro, de una pestaña a otra, en una lógica de estimulación constante que muchas veces confundimos con entretenimiento.
Sin embargo, investigaciones recientes muestran algo paradójico: este hábito de alternar continuamente entre estímulos fragmenta nuestra atención y, lejos de entretenernos, aumenta significativamente el aburrimiento. Esto se debe a que nunca llegamos a sumergirnos en un verdadero estado de inmersión. Todo dura apenas unos segundos antes de pasar a lo siguiente, impidiéndonos conectar profundamente con una historia, una conversación o incluso con nuestras propias emociones.
El cerebro humano está biológicamente diseñado para la interacción cara a cara. Necesitamos el lenguaje no verbal, el intercambio de miradas y la resonancia emocional que solo ocurre cuando compartimos el mismo espacio físico para segregar dopamina y oxitocina, los químicos que nos hacen sentir seguros y felices. Sin estos rituales contemporáneos, la experiencia urbana se vuelve anónima y fragmentada. Por eso, recuperar la agenda cultural no es un lujo, es una necesidad vital para nuestra salud emocional y social.
Nuestra propuesta: reconectar a través de la cultura
En este contexto de hiperconexión y aislamiento, desde Global Shapers Buenos Aires sentimos que no alcanzaba con “recomendar” planes. Teníamos que crearlos. Así nació Plan C, un proyecto que busca no solo ofrecer propuestas culturales, sino también construir una comunidad de jóvenes que se reúnan periódicamente, compartan experiencias y generen lazos, como respuesta concreta y situada frente a la soledad y el individualismo contemporáneos.

Nuestra propuesta se estructura en 3 encuentros mensuales atravesados por una temática común, permitiendo que el intercambio sea profundo y coherente:

¿Por qué la cultura y el encuentro?
La ciencia respalda nuestra convicción: encontrarse es una forma de cuidado. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (2019), las actividades artísticas y culturales desempeñan un papel vital en la prevención de enfermedades mentales y la promoción del bienestar emocional. La cultura es un “lenguaje común” que habilita conversaciones que de otro modo no tendríamos, permitiéndonos conocer personas nuevas fuera de nuestra burbuja de algoritmos.
Sabemos que Buenos Aires tiene una oferta cultural inmensa, pero Plan C nace con un ADN diferente:
Rompamos el algoritmo
Tal vez no podamos resolver por completo la crisis de desconexión que atraviesa nuestra generación, pero sí podemos empezar por algo más simple: volver a encontrarnos. Recuperar el hábito de compartir una película con otros, conversar sobre un libro, descubrir un rincón de la ciudad o simplemente hacer lugar en la rutina para estar presentes. El Plan C es, en última instancia, el plan de atreverse a conectar de nuevo.
En mayo, tuvimos una agenda especial atravesada por una misma pregunta: ¿cómo vivimos el trabajo hoy?
Tres encuentros distintos, una misma invitación: salir de la lógica del scroll infinito, volver a encontrarnos y construir espacios donde la cultura funcione como punto de partida para conversar, pensar y compartir experiencias con otros.
Si te interesan estas propuestas, podes encontrar los detalles de cada actividad en los grupos de la comunidad.
¿Te sumás al próximo plan?
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