Instagram Linkedin

LA CIENCIA DICE QUE NECESITAS JUGAR MAS

a1000 , 28 septiembre, 2026

Juegos de mesa, salas de escape y otras excusas científicamente aceptables para soltar el celular.

En las últimas semanas hice cuatro salas de escape. También ayer pasé cuatro horas en Instagram.

Soy capaz de estar encerrada voluntariamente en una habitación buscando una llave escondida, olvidarme completamente de que tengo un celular y salir sin saber cuánto tiempo estuve ahí adentro. Para después llegar a casa, acostarme y mirar reels durante un tiempo que prefiero no admitir.

Así que no, este no es uno de esos newsletters en los que alguien te va a explicar por qué hay que dejar el teléfono. Yo tampoco lo puedo dejar.

Probé poner límites de tiempo en Instagram. Cuando aparece el cartel, toco “ignorar durante 15 minutos”.

Probé dejarlo en otra habitación. Voy a buscarlo.

Probé guardarlo en un cajón. Resulta que sé abrir cajones.

Y, sin embargo, hay algunas situaciones en las que puedo pasar dos, tres o cuatro horas sin siquiera pensar en mirarlo.

Una sala de escape.

Una noche de juegos de mesa.

Un libro que no puedo soltar.

Y eso me hizo preguntarme algo: ¿y si el problema no fuera solamente cómo hacemos para usar menos el celular, sino qué hacemos en su lugar?

Primero: tu celular no es el villano. No, este tampoco es un newsletter para decirte que tires el smartphone al Río de la Plata. La relación entre tecnología y bienestar es bastante más complicada que pantalla = mala.

De hecho, un estudio publicado en JAMA Network Open en 2025 siguió a 373 jóvenes de entre 18 y 24 años. Durante dos semanas, los investigadores registraron directamente desde sus celulares cuánto utilizaban Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y X: en promedio, pasaban alrededor de 1,9 horas por día en estas redes. ¿Lo interesante? La cantidad de tiempo que pasaban frente a la pantalla tenía una relación relativamente pequeña con los síntomas de salud mental. En cambio, el uso problemático de redes sociales —es decir, patrones de uso difíciles de controlar o que interfieren con la vida cotidiana— mostraba asociaciones más fuertes. Quizás, entonces, no importa solamente cuánto usamos el celular, sino también cómo lo usamos.

El estudio hizo además un pequeño experimento. Durante una semana, 295 participantes redujeron voluntariamente el uso de redes sociales. ¿Qué pasó? Los síntomas de ansiedad disminuyeron un 16,1%, los de depresión un 24,8% y los de insomnio un 14,5%.

Así que no: Instagram no es Voldemort.

Pero quizás nos venga bien cerrarlo un rato.

Plot twist: estamos bastante solos m

Hay otro dato que me parece interesante para esta conversación.

En 2025, la Organización Mundial de la Salud publicó el informe de su Comisión sobre Conexión Social. La conclusión fue bastante contundente: 1 de cada 6 personas en el mundo experimenta soledad, y los jóvenes se encuentran entre los grupos más afectados.

Entonces quizás la pregunta no sea solamente:

¿Cómo pasamos menos tiempo online?

Sino:

¿Qué hacemos con el tiempo que recuperamos?

Los límites de Instagram no me funcionan particularmente bien. Guardar el celular tampoco. Y confiar en mi fuerza de voluntad claramente no está dando resultados.

Pero encerrarme en una habitación con tres amigos, cinco candados y una hora para descubrir quién asesinó a alguien y puedo olvidarme completamente de que existe internet.

Dame un juego de mesa y pasa algo parecido.

¿Por qué?

No tenemos evidencia para decir que hacer una sala de escape o jugar una partida de Catán vaya mágicamente a mejorar nuestra salud mental. Pero sí sabemos que esas actividades reúnen varias cosas interesantes: atención, desafío, resolución de problemas, juego e interacción con otras personas.

O sea: jugar al TEG no es una vacuna contra el deterioro cognitivo. Pero mientras estamos intentando conquistar Kamchatka están pasando varias cosas a la vez: prestamos atención, recordamos reglas, tomamos decisiones, negociamos, interpretamos qué está haciendo otra persona, y, salvo que tengas un amigo particularmente competitivo, interactuamos socialmente.

¿Y pagar para que nos encierren?

Llegamos a mi parte favorita. Las salas de escape tienen una premisa bastante absurda si la explicamos lentamente:

pagamos para que alguien nos encierre y nos genere problemas que antes no teníamos.

Pero para salir hay que compartir información, dividir tareas, probar hipótesis, equivocarse, comunicarse y resolver problemas bajo presión.

Bueno, ¿y qué hago con todo esto?

No voy a recomendarte que pongas el celular en modo avión, compres un despertador analógico y empieces tus mañanas escribiendo un diario frente a una ventana. Claramente no soy esa persona.

Pero sí puedo dejarte algunas cosas que, al menos conmigo, consiguen algo que el límite diario de Instagram nunca logró: que me olvide por un rato de mirar el teléfono.

🔐 Si querés probar una sala de escape

Si nunca hiciste una, empezaría por ¿Qué pasó ayer? Es una buena puerta de entrada al mundo de encerrarte voluntariamente en una habitación con amigos y descubrir que cinco personas pueden pasar quince minutos buscando una pista que tenían enfrente.

Si ya sabés que te gustan y además disfrutás del terror, El bosque de Aokigahara.

🎲 Si preferís una noche de juegos

Mi primera recomendación es Aventureros al Tren.

Es fácil de aprender, suficientemente estratégico para mantenerte enganchado y tiene esa capacidad maravillosa de convertir personas perfectamente razonables en enemigos porque alguien ocupó esa ruta que necesitabas.

Y si son varios, Código Secreto.

Este me gusta porque se juega por equipos: hay que pensar, asociar ideas y tratar de entender cómo funciona la cabeza de tus amigos —con resultados cuestionables—.

Además, ni siquiera necesitás comprar un juego para probar una dinámica parecida: pueden armar en casa tarjetas con palabras propias, dividirse en equipos e intentar conectar varias con una única pista.

📚 Si querés estar sola un rato

El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon.

Te lo recomiendo porque es el tipo de libro que necesito cuando quiero volver a leer después de estar demasiado acostumbrada a estímulos de quince segundos: es fácil de leer y querés saber qué pasa después.

Y creo que eso también importa.

Si queremos que algo le gane al teléfono por nuestra atención, quizás no sea el momento de imponernos las 900 páginas del libro que sentimos que deberíamos leer.

A veces necesitamos simplemente una historia que no podamos soltar.

No te voy a proponer un detox digital. Quizás lo tuyo sea correr. Cocinar. Tejer. Bailar. Pintar. Hacer cerámica. Jugar al fútbol. Armar un rompecabezas. O sentarte a tomar mate con alguien durante tres horas.

Tampoco creo que el objetivo sea reemplazar cuatro horas de Instagram por cuatro horas de lectura y convertir el ocio en otra cosa que tenemos que medir, optimizar y hacer bien

La pregunta es mucho más sencilla: ¿Qué actividad consigue que vos te olvides de mirar el teléfono?

 A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000  A1000