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¿Tu feed es más verde que tu realidad?

a1000 , 10 marzo, 2026

Pasos para dejar de scrollear, plantar raíces y no ser un “eco-zombie”

¿Alguna vez sentiste que tu compromiso ambiental se queda atrapado en el scroll? Es el síndrome del “eco-zombie”: es muy simple conmoverse con un video aesthetic de paisajes naturales o compartir una noticia sobre incendios mientras, en la práctica, seguimos desconectados de los ecosistemas que sostienen nuestra vida diaria. Al final, compartimos la crisis pero delegamos la solución, olvidando que la verdadera incidencia política no nace del algoritmo, sino del compromiso con el barro y la raíz.

Hola, soy Mar. Soy abogada y formo parte del equipo de Global Shapers en Buenos Aires. Desde mi profesión, siempre busqué entender cómo las leyes y la organización juvenil pueden ser herramientas de transformación real; eso que algunos llaman ‘aportar un granito de arena’ y que yo prefiero ver como rediseñar el sistema.

Hoy mi ‘oficina’ se mudó al Bosque Peralta Ramos, acá en Mar del Plata. Vine a pasar unos días con mi familia, pero entre el aroma a pino y el sonido de las aves, me cayó una ficha medio amarga. Es irónico: mientras yo busco este refugio para bajar un cambio, la realidad del Sur y la cercanía del Día Internacional de los Bosques nos recuerdan que el verde no es un recurso inagotable, sino un equilibrio que hoy nos toca defender en serio.

Para que este newsletter sea un verdadero manual de aterrizaje y no un texto más que se pierde en la nube, decidí organizar la info en pasos concretos. Si querés dejar de ser un eco-zombie y empezar a ser parte de la solución, acá tenés la hoja de ruta para que tu compromiso finalmente eche raíces.

Paso 1: Salí del scroll y conectá con tu “metro cuadrado” verde

Escribir desde el bosque tiene una mística especial que te obliga a bajar un cambio y prestar atención a los detalles que solemos ignorar en la ciudad. Mientras escucho el crujido de las piñas bajo mis pies, me doy cuenta de que este lugar es un ecosistema urbano único que lucha por mantener su identidad frente al avance del cemento y la especulación inmobiliaria. Es el escenario perfecto para esta crónica sobre el Día Internacional de los Bosques, una fecha que la ONU clavó en el calendario (cada 21 de marzo) no para que pongamos un sticker de un arbolito, sino para que entendamos que sin ellos, no hay mañana.

Este día es el momento donde el mundo debería frenar y reconocer que estas masas verdes cubren un tercio de la superficie terrestre y son el hogar de la mayoría de los seres vivos. En Argentina, tenemos la suerte de contar con una biodiversidad increíble, que va desde la selva misionera hasta los bosques andino-patagónicos, pero que (lamentablemente) solemos valorar recién cuando las cenizas nos llegan a la cara.

El Bosque Peralta Ramos no es solo un barrio residencial con árboles, es un pulmón que purifica el aire de la ciudad y regula el ciclo del agua en una zona costera que sufre cada vez más los efectos del cambio climático. El tema es que el “progreso” sin conciencia lo pone constantemente en jaque, y nos recuerda que hasta los paraísos más cercanos necesitan defensores activos que no se queden callados ante el daño ambiental.

La importancia de los bosques para nuestra salud es clave: filtran el aire, refrescan las ciudades (un datazo vital con estas olas de calor) y son el hogar del 80% de la biodiversidad terrestre. Si el planeta fuera una computadora, los bosques serían el sistema operativo que mantiene todo funcionando en segundo plano sin que nos demos cuenta, gestionando recursos y estabilizando el clima global.

Entender el territorio es fundamental para diseñar soluciones que escalen y generen cambios sistémicos que perduren en el tiempo. No se trata solo del posteo eco-friendly en el feed, sino de entender que la gestión de nuestros bosques es una decisión política que define cómo vamos a vivir hoy y mañana. Desde este rincón marplatense, te invito a mirar tu entorno verde más cercano y a preguntarte: ¿qué pasaría si este lugar desapareciera mañana? Esa respuesta es la que debería motorizar todas nuestras acciones de ahora en más.

Paso 2: Aprendé las reglas del juego (y hackeá el sistema)

Como les dije al principio, me gusta ver las leyes como herramientas de transformación y no como textos aburridos, y en Argentina tenemos una que es fundamental: la Ley de Bosques Nativos (Ley 26.331). Esta ley fue una conquista gigante de la sociedad civil en 2007, que obligó a las provincias a ordenar sus bosques nativos con un sistema de semáforo muy intuitivo para todos: rojo para lo que no se toca bajo ninguna circunstancia; amarillo para aquellos bosques que pueden ser utilizados para aprovechamiento sostenible, turismo, recolección o investigación, y el verde para lo que se puede transformar. Pero ya saben cómo es: hecha la ley, hecha la trampa… y ahí es donde el semáforo empieza a fallar.

En la vida real, el lobby inmobiliario y el agro presionan para “pintar de verde” zonas que por su biodiversidad deberían ser rojas o amarillas. Como jóvenes, tenemos que estar atentos a los Ordenamientos Territoriales de Bosques Nativos (OTBN), porque es ahí donde se decide el futuro de nuestro suelo en una oficina cerrada. La ley es potente, pero sin ciudadanos que la vigilen y la hagan valer, se convierte en un papel decorativo. Entender cómo funciona este semáforo es el primer paso para poder hackear el sistema.

Pero el hackeo no es solo legal, también es económico. Un tema que siempre está en la cuerda floja es el financiamiento, y acá es donde la cosa se pone picante. La ley creó un fondo para compensar a quienes cuidan el bosque, pero históricamente el Estado nacional le asigna migajas frente a lo que debería recibir legalmente. Sin presupuesto, no hay inspectores, no hay camionetas para controlar los desmontes ilegales y no hay apoyo para las comunidades que quieren vivir del bosque sin destruirlo.

Es el colmo del greenwashing: discursos verdes en las cumbres internacionales mientras se desfinancia nuestra mejor defensa contra la crisis climática. El presupuesto que por ley debería blindar nuestros bosques (ese porcentaje de las retenciones que nos corresponde) se termina licuando en las “urgencias” políticas de turno. Nuestra generación tiene que ser la que demande que el presupuesto ambiental sea sagrado; no hay “plan económico” que funcione en un país desertificado y sin recursos naturales básicos como el agua y el aire limpio para sus ciudadanos.

Entender la ley nos da un poder que el simple activismo de redes no nos da: nos saca del scroll y nos permite presentar amparos, pedir informes y participar en audiencias públicas con argumentos que no se pueden ignorar. Si querés ver este power move en acción hoy mismo, hay una oportunidad clave: se está debatiendo la modificación de la Ley de Glaciares y la inscripción para la audiencia pública está abierta (podés chusmear el proyecto o anotarte para participar acá). Quizás pienses que el hielo no tiene nada que ver con los árboles, pero en la naturaleza todo es parte de un mismo sistema: el agua que baja de las cumbres es la que, tarde o temprano, hidrata el suelo que hoy estoy pisando acá en el Peralta Ramos.

El activismo jurídico es de las formas más potentes de cuidar el ambiente. El impacto de una ley bien defendida o de un amparo frenando un desmonte es real, físico y duradero. Porque cuando logramos que un juez frene una topadora basándose en la Ley de Bosques (o protegemos nuestros glaciares para que no los rifen), estamos blindando el mañana. No dejes que el lenguaje técnico te asuste; la ley es tuya, es nuestra, y está ahí para que la usemos como un escudo contra la destrucción del futuro.

Paso 3: Mirá al Sur y entendé por qué nos duele la Patagonia

Si hay algo que nos genera un nudo en la panza es ver el sur bajo nubes negras de humo. Los incendios forestales en la Patagonia se volvieron una moneda corriente trágica que afecta a parques nacionales milenarios como Los Alerces o el Nahuel Huapi. Miles de hectáreas de especies que tardaron siglos en crecer desaparecen en días, llevándose consigo décadas de historia biológica que no vamos a recuperar.

El contexto de estos incendios es una mezcla explosiva de negligencia y crisis ambiental: el cambio climático genera sequías más largas, pero la mano humana suele ser el fósforo que inicia el desastre. De hecho, según datos del Servicio Nacional de Manejo del Fuego, el 95% de los incendios son causados por actividades humanas (ya sea por descuido o intención). Es una red flag gigante que nos dice que algo estamos haciendo muy mal en materia de prevención y control. No son solo árboles los que se queman; son cuencas hídricas que se secan, suelos que pierden su capacidad de vida y comunidades que pierden su sustento. La crisis climática no es algo que “va a pasar”, es esto que estamos viendo hoy en vivo y en directo por la tele.

Ver el sur quemarse genera una impotencia total. Nuestra generación tiene una conexión emocional muy fuerte con la Patagonia; es nuestro lugar de escape, de aventura y de orgullo nacional. Verla destruirse debería ser el motor para exigir mejores condiciones para los brigadistas, que muchas veces trabajan con lo mínimo contra incendios que son monstruos ingobernables de fuego. La prevención es mil veces más barata que apagar el fuego una vez que se descontroló, y requiere inversión seria en tecnología, formación y satélites de monitoreo que funcionen las 24 horas del día para detectar focos a tiempo.

Desde el Bosque Peralta Ramos, el humo del sur parece lejano, pero el impacto es global y nos toca a todos por igual, vivamos donde vivamos. Los bosques andino-patagónicos son reguladores climáticos y reservorios de agua dulce fundamentales para el futuro. Si perdemos esos bosques, el impacto lo vamos a sentir en las ciudades con olas de calor más violentas y menos recursos naturales disponibles para la vida. No hay un “planeta B” guardado en un cajón, y tampoco hay una Patagonia de repuesto; lo que se quema hoy, nos falta a todos mañana.

Paso 4: Bajá a tierra (literalmente) y sumate a iniciativas que ya existen

Si ya dejaste atrás el modo eco-zombie, es hora de ensuciarte las manos. Seamos realistas: si no vas a vivir dos años en la copa de un árbol como Julia Hill (es un montón, lo sabemos), sumarte a equipos que ya tienen recorrido es la mejor forma de ganar experiencia. Ya sea integrándote a proyectos existentes o impulsando tu propia iniciativa, lo fundamental es que tu compromiso deje de ser un píxel y pase a ser territorio.

Los Avengers de la reforestación: alianzas para salir del modo eco-zombie

Para que veas que no todo es malo, en Argentina hay organizaciones que están haciendo un trabajo increíble y que necesitan de todos nosotros para escalar su impacto. Son, básicamente, los Avengers de la ecología: equipos que tienen el know-how para que cada árbol que plantemos realmente sobreviva y cumpla su función.

Una de las más conocidas es ReforestArg, una comunidad que organiza plantaciones masivas en zonas quemadas de la Patagonia. No solo van y plantan un arbolito; crean una red de voluntarios que soportan el frío y se esfuerzan para devolverle la vida a la montaña de forma profesional a través de lo que llaman restauración activa.

En ReforestArg, la clave es la participación ciudadana y la restauración ecológica con base científica. El foco está en devolverle a la montaña sus protagonistas originales: el Ciprés de la Cordillera y el Coihue. Estas son las especies que realmente saben vivir en la Patagonia y las que permiten que vuelva toda la biodiversidad que el fuego se llevó. Ellos mismos producen estos plantines en sus viveros para asegurar la trazabilidad genética del bosque, garantizando que lo que crezca sea una continuación real del patrimonio natural original.

Podés colaborar sumándote a sus campañas de plantación (una experiencia que te cambia la vida) o incluso formarte en su Escuela de Restauradores para liderar estas movidas. Si no podés viajar, también podés donar para financiar los plantines; lo mejor es que cada árbol que se planta con ellos tiene un seguimiento para asegurar que crezca sano y cumpla su función en el ecosistema.

Por otro lado, tenés a la gente de Un Árbol ONG, que se enfocan en la regeneración de ecosistemas pero con una pata muy fuerte en la educación y la concientización urbana. Ellos entienden que no sirve de nada plantar si la gente no entiende por qué ese árbol es importante para su salud y para el equilibrio de su ciudad. Trabajan exclusivamente con especies nativas, que son las que realmente pertenecen a nuestro suelo, y promueven la creación de viveros comunitarios que transforman la fisonomía de los barrios y la conexión de los vecinos con la tierra.

Para colaborar con Un Árbol, podés sumarte a sus programas de voluntariado, participar de sus capacitaciones o incluso comprar sus kits de cultivo para empezar tu propio bosque en casa. Ambas organizaciones demuestran que la restauración ecológica es un proceso social tanto como biológico. No se trata de greenwashing, se trata de regenerar el tejido vivo de nuestro país de forma profesional, apasionada y colectiva. Son el ejemplo perfecto de que la solución a la crisis ambiental no va a venir de arriba hacia abajo, sino de la gente organizada y motivada.

Elegir dónde poner tu energía y tu tiempo es la decisión política más importante que podés tomar como joven interesado en el ambiente. Ya sea paleando en el sur con ReforestArg o armando un vivero en tu barrio, estás saliendo del modo “queja” para entrar en el modo “solución”. Estas ONGs son el puente entre tu indignación y el impacto real en el territorio. Te invito a que chusmees sus webs y encuentres tu lugar en esta red que no para de crecer.

De las aulas de Atenas a los talleres de resiliencia en Tijuana

En la red de Global Shapers, estamos metiendo manos a la obra con proyectos que atacan el problema desde varios ángulos. Uno de los más grosos es ReGreen, del Hub de Atenas, porque ataca el problema desde la raíz: la educación. Entienden que si un chico en la escuela aprende el valor del bosque nativo, ese chico se convierte en el guardián más feroz de ese ecosistema cuando sea grande. Buscan conectar el conocimiento científico con la acción ciudadana, bajando conceptos complejos a un lenguaje que todos podamos aplicar en nuestro propio barrio.

Lo increíble de ReGreen es que los números respaldan esta movida. Según su reporte de impacto 2024-2025, lograron que el 70% de los alumnos pueda explicar conceptos complejos como el cambio climático, pero el dato que realmente mueve la aguja es el aumento en la autoconfianza para actuar, que subió a un promedio de 4/5, demostrando que los chicos pasan de ser espectadores a sentirse protagonistas capaces de transformar su entorno. El caso de la escuela de Vyronas es el ejemplo perfecto: después de una jornada de campo cuidando 50 árboles, el 100% de los estudiantes alcanzó un nivel de conocimiento óptimo, probando que bajar estos conceptos al lenguaje del barrio y a la práctica directa es la clave para sembrar un liderazgo ambiental real desde la primaria.

Otro proyecto que es pura inspiración es el de los Workshops of Wildfire Resilience Tijuana en México. Nuestros compañeros Shapers de allá detectaron que los incendios eran una amenaza constante y decidieron capacitar a la comunidad para ser resilientes. No se quedaron esperando a que el fuego llegue, sino que armaron talleres para que los vecinos sepan cómo prevenir y cómo reaccionar de forma organizada. Es un modelo de gestión del riesgo que combina la tecnología con el saber popular, y que demuestra que los jóvenes podemos liderar planes complejos que funcionan en el mundo real.

Entrevista con Madai Mondaca

Para que no te quedes solo con mi visión, conversé con Madai Mondaca, del hub de Tijuana, para que nos cuente más acerca del proyecto:

1.Madai, entre tantas crisis, ¿Qué fue lo que les dio el empujón final para arrancar con los talleres de resiliencia?

MM: “Ver que los incendios forestales globales ya no eran algo lejano. En Tijuana, el fuego en un terreno baldío casi alcanza edificios por la basura acumulada y la falta de manejo de la vegetación; eso nos hizo entender que el riesgo era real y estaba cerca. Como ya veníamos trabajando en restauración y resiliencia climática, decidimos unir esos puntos para preparar a la comunidad antes de que la emergencia golpee la puerta”.

2. Una de las misiones más difíciles en el activismo es la prevención: ¿Cómo lograron que los vecinos se enganchen con los talleres antes de ver el cielo naranja por el humo?

MM: “No empezamos hablando de incendios, sino de lo que a los vecinos les importaba en su día a día. Lanzamos el proyecto ‘Huellas y Garritas’ con estudiantes de CETYS Universidad para diagnosticar problemas de mascotas, residuos y uso del espacio público, para que la gente reconociera el valor del parque. En ese proceso, entendimos que las cuidadoras (mayormente mujeres) son las primeras en responder ante una crisis, pero no podían capacitarse porque sus tareas consistían precisamente en estar a cargo de otros (ya sean infancias, personas mayores o animales). Por eso, hoy el proyecto tiene perspectiva de género e inclusión. Además, estamos transformando la guía de bolsillo sobre qué hacer antes, durante y después en un cuento para colorear para que las infancias y quienes las cuidan aprendan juntos en un mismo espacio.”

3.Para quien nos está leyendo y tiene esa chispa de querer involucrarse pero se siente abrumado/a, ¿qué consejo le darías para dar ese primer paso?

MM: “Empieza con lo que tienes cerca: tus propios intereses, habilidades y eso que realmente te mueve. Cuando una iniciativa conecta con tu propósito, es mucho más fácil contagiar el entusiasmo y sostener el esfuerzo cuando las cosas se ponen difíciles. Recordá que el impacto no siempre nace de grandes proyectos; empieza escuchando a tu comunidad, identificando un problema concreto y dando un primer paso pequeño pero constante”.

El proyecto de Tijuana es la prueba de que la innovación social puede salvar vidas y bosques al mismo tiempo, un enfoque que urge traer más a nuestras provincias, especialmente en zonas críticas donde el fuego no da tregua.

Mi mensaje es simple: no dejes que esta info se pierda en el archivo mental de “cosas que me interesan pero no hago nada”. Que el algoritmo no decida qué causas te importan; tomá vos el control remoto ambiental. Ya sea militando una ley, reforestando o simplemente educando a tu entorno, cada acción cuenta para que el mapa de nuestro país no se siga tiñendo de gris ceniza.

El mundo nos necesita con los ojos bien abiertos y las manos listas para la acción. Nos vemos en la próxima plantación o en el próximo debate, ¡pero que sea fuera de la pantalla!

Un abrazo,

Mar.

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