Sobrevivir al verano en la ciudad
¡Hola! ¿Cómo arrancaste el 2026? Yo lo empecé en la playa, así que la verdad no me puedo quejar. Como dicen los Abuelos de la Nada: “Ni me acuerdo mi nombre, ah-ha muy tranquilo en la arena / El rumor de la calle ah-ha-ah poco me interesa aquí”. Sí, por suerte pude pasar fin de año en Mar del Plata, a la que vengo casi todos los años desde que tengo memoria. Porque por lo que me contaron la Ciudad de Buenos Aires fue un horno. Y no fue la única. Según el Servicio Meteorológico Nacional, muchas provincias pasaron año nuevo con 40°C o más.
Lamento informarles que no pareciera que la cosa vaya a cambiar mucho. 4 de los 5 veranos más calurosos de la historia de Buenos Aires sucedieron en los últimos 10 años. Y que las olas de calor se duplicaron de 1990 para acá. Algunos dirían que este es el verano más frío del resto de tu vida. Yo prefiero citar a la reina del pop: “it’s a cruel summer” (después de poner esta referencia me hicieron notar que es la entrega n° 13 de este newsletter).
Pero basta de referencias musicales. Arranquemos el primer newsletter del año hablando de lo que nos compete: el verano en la ciudad, y qué podemos hacer para sufrirlo menos. O incluso disfrutarlo.
Una jungla de hormigón
Empecemos por algo que parece obvio. En las ciudades hace más calor que en las zonas naturales o rurales. ¿Por qué? Porque la urbanización es una de las formas más extremas de cambios en el uso de la tierra: la remoción de cobertura vegetal y su reemplazo por nuevas superficies de asfalto y hormigón, que absorben y retienen el calor, que liberan recién por la noche. Por eso muchas veces hace calor también de noche, cuando el sol ya no está.
Suena lógico. De hecho, un estudio reciente midió que la temperatura promedio de las ciudades argentinas es superior a la de las zonas no urbanizadas del país, tanto durante el día como durante la noche.
A la par, por causa del cambio climático, los veranos son cada vez más calientes. No sólo está aumentando la temperatura promedio, sino también la frecuencia, intensidad y duración de episodios extremos como las olas de calor. La gravedad de la situación es tal que las muertes por calor en Sudamérica se dispararon un 160% en los últimos 20 años.
Otro estudio, que medía la mortalidad durante las olas de calor en la Ciudad de Buenos Aires para el período 2005-2015, encontró que el riesgo de muerte por causas naturales se incrementa en un 14% durante las olas de calor, siendo los menores de 15 y mayores de 84 los más vulnerables.
Creo que esto es lo más importante. El cambio climático nos golpea a todos, pero no lo hace por igual. Y, pese a ello, seguimos diseñando ciudades que priorizan calles llenas de asfalto y sin sombra.
Pero nuestras ciudades no tienen porqué verse así. ¿Qué sucedería si transformáramos nuestras calles para reducir ese efecto de isla de calor y, al mismo tiempo, hacerlas más atractivas?
Una ciudad preparada
Empecemos por lo básico. Para que nuestras ciudades resistan mejor las olas de calor necesitamos sombra. Una calle con sombra puede ser hasta 25°C más fría que una sin sombra. Y lo mejor es que la naturaleza ya nos dio el mejor remedio: los árboles. En 2018, la Agencia de Protección Ambiental de la Ciudad de Buenos Aires salió a medir la temperatura del cemento de las calles, comparando partes bajo el sol y partes cubiertas por la sombra de un árbol. Pueden ver los resultados por ustedes mismos.
Si, ya sé lo que me vas a decir, los árboles tardan en crecer. Mientras tanto, hay soluciones de corto plazo. Poner toldos en balcones y comercios. Construir techos y pérgolas y llenarlas de enredaderas. O colocar plantas en las fachadas de los edificios.
Incluso cuando no podemos generar sombra, podemos reducir la temperatura de las superficies. Por ejemplo, construyendo calles y edificios con materiales más frescos, como la madera o la piedra. El objetivo es reducir la cantidad de cemento en la ciudad, para que no le pegue tanto el sol. Por ejemplo poniendo veredas permeables, donde el verde se cuela en el espacio que dejan las baldosas.
También necesitamos hidratarnos. París, por ejemplo, tiene más de 1200 fuentes y bebederos repartidos por toda la ciudad. Otras ciudades como Madrid o Viena incluso cuentan con rociadores en la calle. Cuando pasás caminando, un leve rocío acaricia tu piel.

Por favor miren lo que es esa fuente de agua, ooh la la señor francés
Contar con puntos para refrescarnos y cargar agua en la botella para seguir camino evita que las personas se desmayen por el calor y terminen internadas. En un estudio conjunto hecho por el Conicet, la CONAE y la Universidad Nacional de Córdoba identificaron un aumento de riesgo cardíaco por las olas de calor, siendo las provincias de Córdoba (especialmente centro y norte), Santa Fe (centro-norte), Entre Ríos, Santiago del Estero, Chaco, Formosa, Corrientes, Misiones, norte de Buenos Aires, norte de La Pampa y este de Salta las más afectadas. Otra investigación analizó datos de 21 ciudades argentinas entre 2005 y 2019 y encontró que las muertes por enfermedades del corazón aumentan hasta 41% durante olas de calor en Argentina. El mayor aumento se registró en Tucumán, con casi 46%.
Todas estas medidas no son sólo necesarias desde el punto de vista de la salud. También pueden representar un ahorro económico en el largo plazo, reduciendo costos por emergencias médicas y cortes de energía.
Si construimos nuestros edificios con mejor circulación de aire y materiales que eviten que el calor penetre dentro de las unidades, podríamos disminuir la temperatura interna y reducir el uso del aire acondicionado para enfriar nuestras casas. Si además instalamos paneles y termotanques solares para obtener la energía que necesitan esos edificios, podemos reducir la presión sobre la red eléctrica, previniendo cortes de luz. La generación distribuida puede ser una gran aliada frente a las olas de calor.
Pero no siempre se pueden prevenir las emergencias. Es por eso que las ciudades deberían contar con lugares a los que acudir ante episodios climáticos extremos como las olas de calor. Hace unos años, Barcelona diseñó una red de refugios climáticos con espacios (públicos y privados) abiertos a toda la ciudadanía. Allí se provee de áreas de descanso, sombra, puntos de recarga de agua y de conexión a electricidad e internet.
El otro día el jefe de gobierno porteño anunció con bombos y platillos la creación de una red con más de 252 refugios climáticos. En rigor de verdad, la red ya existía. Pero además, si uno entra a ver el mapa, puede observar que la red se limita a listar lugares ya existentes, como plazas y oficinas del gobierno. Preparar una ciudad para enfrentarse a situaciones críticas no es eso. Es crear nueva infraestructura de refrigeración, conexión y atención médica, diseñar protocolos para saber cómo actuar y, por sobre todo, informar fehacientemente a la población para que sepa cómo reaccionar ante la emergencia.
Una ciudad viva
Hace unos años, en Barrio 20, un asentamiento informal de Villa Soldati, hicieron una intervención plantando vegetación en algunas calles del barrio. Análisis posteriores mostraron que habían aumentado las actividades que la gente realizaba en esas calles. Se pasó de un promedio de 38,5% de hogares que afirmaron utilizarlo antes de la mejora a un 54,5% post intervención. Según la investigación, la presencia de vegetación también contribuyó a lazos vecinales más colaborativos. Las actividades vinculadas a reuniones para la organización y resolución de problemas en las calles intervenidas son tres veces mayores que en las no intervenidas (25% vs. 7,7% respectivamente).
Quizás lo más importante sea que todas estas medidas aumentan el tiempo que pasamos en la calle, con otros. No se trata exclusivamente de hacer calles más seguras y funcionales. Sino de crear calles que la gente disfrute. Con una misma acción podemos salvar vidas, ahorrarnos plata y ¡encima! hacer nuestra ciudad más linda y deseable. Porque la calle de la derecha es objetivamente más bella que la de la izquierda. Y, como es más bella, hay más gente.

¿En qué calle pasarías más tiempo?
Una calle con verde y sombra es más agradable de transitar. Pero si además le sumamos otros atributos, nos puede invitar a quedarnos. A interactuar con otros. Sacar la silla a la calle, como hacen en el conurbano. O como hizo nuestro dt campeón del mundo el otro día en su tierra natal, Pujato Santa Fe.
Durante un verano tuve que trabajar en Lugano y Soldati. Y en los días que hacía mucho pero mucho calor, veía cómo la gente sacaba la pelopincho a la calle para los chicos.
¿Por qué no puede hacerse lo mismo en barrios más densos y céntricos? ¿Qué nos lo impide? ¿La sensación de estar molestando a la gente que pasa? ¿Creer que estamos haciendo algo ilegal, ocupando espacio público? ¿Por qué no pensamos lo mismo cuando estacionamos el auto en la calle? Si no me alcanza el espacio en mi placard para guardar las reposeras y la sombrilla que llevo a la costa cada verano, ¿por qué no puedo dejarlas en la calle pero el auto si? Quizás sea momento de repensar las calles como algo más que lugares de paso.
Porque otra forma de disminuir la temperatura de las calles es reduciendo la cantidad de vehículos circulando en ella. Esos vehículos emanan calor, y el asfalto retiene más calor que las baldosas. Y si hay menos autos circulando, podemos ampliar las veredas. Y si ampliamos las veredas, podemos plantar más árboles. Es un círculo virtuoso.
Antes decíamos que los más vulnerables ante las olas de calor son los niños y viejos. Da la casualidad (o no) que esos son 2 usuarios que tampoco manejan. Y sin embargo, la mayor parte de la calle la ocupan los autos. Que cuando están quietos no cumplen ninguna función. Pero incluso cuando están en movimiento, trasladan personas de la forma menos eficiente posible. ¿Sabías que el 95% de la energía que consume el auto se usa para mover al propio auto y sólo un 5% para mover a la persona que lleva dentro?

El auto es la forma menos eficiente de mover personas
En definitiva es una cuestión de diseño. Y de prioridades. La pregunta que debemos hacernos es para quién estamos diseñando las calles. ¿Para los autos o para las personas? ¿Queremos más espacio para estacionar o para plantar árboles?
Si diseñamos nuestras ciudades únicamente para llegar desde un punto al otro, nuestras calles se transforman en lugares inhóspitos, llenos de asfalto y hormigón. Pero si diseñamos nuestras ciudades como lugares para estar, la vida puede florecer. Y vos podés salir a la calle, dejar de refugiarte en tu departamento con el aire al mango, y disfrutar del verano.
Porque el mejor antídoto para sobrevivir al verano en la ciudad es salir a la calle, poner una silla debajo de un árbol, armar la pelopincho al lado y como dirían unos muchachos que infringen la ley: “Que calor que tengo yo / Que levante la mano Como yo / El que quiere un vino en cartón”.
Esto es todo por hoy. Nos vemos la próxima. Y como siempre, si querés charlar sobre urbanismo me podés contestar este mail o escribirme por Twitter.
Nico,
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