La ciudad durante las fiestas
Hola, ¿cómo estás? Esta es la última entrega del año, y estuve dándole vueltas para ver de qué hablar. Algo que se sintiera como un cierre, pese a que el año que viene seguimos con la programación habitual.
Y se me ocurrió hablar de las fiestas. O más específicamente, de cómo esta época del año transforma las ciudades. Porque llega fin de año… y la ciudad es un quilombo.
Los cierres de año son siempre muy movidos. Todos vamos de acá para allá intentando cumplir con un montón de actividades y tareas antes de que el calendario marque un nuevo año y nos convirtamos en calabaza, como la carroza de la Cenicienta. La gente corre estresada a comprar comida y regalos de último minuto. Familias y vecinos se pelean en año nuevo. Las calles están abarrotadas. Los accidentes de tránsito aumentan significativamente en esta época del año por la mayor cantidad de autos circulando, el cansancio y, sobre todo, por el mayor consumo de alcohol.
¿Somos peores personas durante la Navidad?
Pero hay otra forma de ver las cosas. Si caminás por la calle y prestás atención, todos parecen más amables. Nunca falta el saludo de felices fiestas, y estamos más dispuestos a ayudar a otros.
Estudios señalan que el espíritu navideño es real. Las donaciones aumentan. La gente está de mejor humor. Incluso está probado que quienes arman el arbolito y ponen adornos navideños antes de tiempo son más felices.
En 2015 hicieron un experimento con 2 grupos de personas: un grupo de gente que celebra navidad todos los años, y otro grupo de personas que no. A ambos grupos les mostraron imágenes relacionadas con la Navidad. La parte frontal del cerebro se iluminó para aquellos que celebraban la Navidad mientras las imágenes de las fiestas pasaban ante sus ojos, develando que hay una especie de red neuronal de espíritu navideño en el cerebro.
Lo interesante del estudio es que las personas no estaban viviendo la Navidad, sólo estaban viendo imágenes que les hacía pensar en la Navidad. Lo que marca que las personas respondemos a estímulos. El sólo hecho de pensar en la navidad automáticamente nos pone de mejor humor. Se trata de ponerse en el mood. De hecho es lo que hacen los shoppings y comercios cuando ponen música navideña para incentivarnos a comprar más.
Pero más allá de los esfuerzos del capitalismo para convertir a los ciudadanos en consumidores, la realidad es que el motivo por el cuál nos ponemos contentos es porque asociamos las fiestas a épocas donde vemos a nuestras familias y amigos. Un tiempo en el que ocurrieron muchos de los mejores y más mágicos recuerdos que tenemos de nuestra infancia. Y eso es lo que logra la ciudad. Juntarnos a todos, para hacernos más felices. Así que este año en la cena te voy a pedir que le agradezcas a ese tío facho con el que te peleás por política.
Un orden en el caos
Ya en la Edad Media, la Navidad era un periodo de festividades religiosas y sociales que incluían misas, obras de teatro y banquetes comunitarios. Y las calles estrechas de las ciudades medievales eran el lugar perfecto para celebrar.
Y aunque la modernidad nos ha empujado a llevar a cabo las celebraciones cada vez más adentro, en la intimidad, mucho de ese espíritu se mantiene todavía hoy. En Nueva York, durante diciembre el Rockefeller Center se convierte en una pista de hielo donde las familias patinan bajo el árbol de navidad gigante. En Tokyo, los templos se llenan de fieles en la medianoche del 31 de diciembre. Y en Copenhague los jardines de Tívoli se transforman en una especie de parque temático navideño con juegos, mercados y muchas pero muchas luces.

La famosa pista de hielo de Nueva York, escenario de muchas películas navideñas.
Pero como te decía al principio, las fiestas ponen a prueba la capacidad de una ciudad de lograr que todos convivan. La ciudad alberga millones de vidas que transcurren al mismo tiempo y en el mismo lugar. Y pese a que nuestras decisiones individuales son imprevisibles, azarosas y a veces hasta caprichosas, la ciudad encuentra una especie de orden espontáneo en ese caos. Si te ponés a pensarlo es casi un milagro que las cosas funcionen.
La navidad refleja la naturaleza diversa y dinámica de la vida urbana. Y es durante las fiestas que podemos observar más claramente cómo la transformación temporal de los espacios urbanos en una especie de confusa anarquía favorece la creación de comunidad. La ciudad se llena de espíritu festivo con luces, adornos y, sobre todo, personas. Se celebran ferias, misas y hasta fiestas en la calle.
La gente se adueña del espacio público. Por ejemplo, en Río de Janeiro reciben el año nuevo vestidos de blanco en la playa, y las principales avenidas de Copacabana se cierran al tránsito vehicular. Los cariocas recuperan, por un ratito, lo que normalmente le pertenece a los autos. Y la vida florece.
En Argentina también festejamos, pero a nuestra manera. Quizás porque es verano. O quizás porque somos quilomberos (una palabra que me encanta, que significa algo así como “lío, barullo, gresca, desorden” y que creo que nos representa muy bien). Las familias sacan reposeras a la vereda. En Rosario, la gente va al río a festejar. En Bariloche hay shows en el centro cívico. Y en La Plata queman muñecos en la calle. Porque las fiestas hacen emerger la cultura popular de cada sociedad.

La cálida forma de los platenses de recibir el año nuevo.
Pero hay algo que todas las culturas tenemos en común: a las personas nos gusta estar cerca de otras personas. Por eso la gente va a donde hay gente. Y las fiestas generan eso. Hay personas haciendo cosas a la vista de todos. Eso genera que otras miren y se acerquen. Y eso provoca, a su vez, que pasen otras cosas nuevas. La vida urbana se retroalimenta.
En definitiva, lo que sucede en las ciudades durante las fiestas es que se superponen muchas actividades, programadas o imprevistas, que generan encuentros azarosos y espontáneos. La ciudad se llena de microeventos que conviven sin un masterplan que los ordene. Pero que se ordenan sólos.
Navidad todo el año
¿Qué pasaría entonces si intentáramos que ese espíritu festivo se mantuviera todo el año? Probablemente no sería tan especial. Pero lo que sí podemos hacer es buscar excusas para salir y ocupar la calle durante los 365 días del año.
Este año, por ejemplo, hubo mucha polémica con la fiebre de Halloween en Argentina. No sé ustedes, pero yo nunca antes había visto tantos chicos (y adultos) disfrazados por la calle. Yendo a alguna fiesta o a tocar timbre para que les den caramelos y chocolates.
Para algunos era positivo que los chicos salieran a divertirse, dejando las pantallas de lado por un rato para explorar sus barrios. Para otros era un insulto a nuestra cultura y una amenaza para nuestra soberanía. En lo personal, estoy convencido de que la soberanía corre serio riesgo. Pero por otros motivos, como regalar nuestros glaciares. Por Halloween no me preocuparía demasiado. Los argentinos tenemos una capacidad natural para absorber otras culturas. Deglutirlas y vomitar algo nuevo. Argentino + otra cosa = argentino. Lo que algunos llaman nacionalismo de inclusión.
Así como México tiene el día de los muertos, nosotros le daremos nuestro toque a la fecha. Lo impregnaremos con nuestra cultura. Pero al margen de este debate, lo cierto es que resulta deseable que haya más chicos en la calle. Y para fomentar esta práctica de manera segura, tenemos que diseñar nuestras ciudades acorde.
En Estados Unidos, los niños tienen 10 veces más probabilidades de morir atropellados por un coche en Halloween que en cualquier otro día del año. ¿Por qué entonces no reducir la velocidad máxima de los autos? ¿Por qué no crear corredores peatonales seguros para fechas especiales? ¿Y por qué no hacerlo permanente, para que los chicos puedan ir caminando solos al colegio, un momento clave para empezar a ganar autonomía e independencia?
Lo mismo se puede aplicar a otras fechas. En carnaval, muchas calles se cortan para recibir a los corsos. Algunos domingos, las avenidas principales por las que circulan autos se transforman en pistas para corredores de maratón. En la noche de los museos, los peatones se adueñan de los corredores culturales de la ciudad.
Creo que, en última instancia, se trata de que no haga falta organizar fiestas en días especiales para que la ciudad vibre, sino de que la propia configuración de la ciudad permita que la vida emerja espontáneamente. No se trata de querer ordenarlo todo, sino de que el orden brote naturalmente, cuál raíces urbanas.
Pero para lograrlo hay algo mucho muy importante: estar siempre predispuestos a que algo pase. Y para que algo pase, necesitamos rodearnos de otros. Esa es la magia de la Navidad. Esa es la magia que tenemos que trasladar a nuestro día a día.
Esto es todo por hoy. Nos vemos la próxima. Que tengas una muy feliz navidad, y un próspero año nuevo. Y como siempre, si querés charlar sobre urbanismo me podés contestar este mail o escribirme por Twitter.
Nico,
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