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¿Es pecado rellenar la costa?

a1000 , 22 enero, 2026

Las ciudades también se meten al mar

¡Hola! ¿Cómo estás? 

Esperamos que hayas empezado bien el año. Si te quedaste en Buenos Aires estos días, es probable que compartas nuestra reavivada obsesión por las playas urbanas, un tema que viene apareciendo en nuestras últimas entregas. Más allá de eso, en esta oportunidad nos detenemos en distintos casos de intervenciones en las que, a través de rellenos costeros, las ciudades aprovechan para desarrollar o mejorar equipamientos, infraestructuras e inclusive para incorporar vivienda.

Comenzamos por Róterdam, que está convirtiendo antiguas dársenas del puerto en áreas de uso mixto, con oferta de vivienda asequible y nuevos espacios públicos. Luego abordamos el caso de Copenhague, donde se están rellenando islas artificiales que permiten proteger la línea de costa y, al mismo tiempo, sumar equipamiento o incrementar la oferta de vivienda. También comentamos la experiencia de la ciudad de Nueva York, que está desarrollando un anillo de parques con desniveles y elevaciones destinado a proteger la costa y, en particular, áreas con fuerte presencia de vivienda pública. Finalmente, cerramos con Buenos Aires, que también rellenó —y probablemente continúe haciéndolo—, aunque sin un rumbo claro respecto de hacia dónde se orienta ese proceso.

La lectura debería tomarte alrededor de 10 minutos. Mientras tanto, te recomendamos este tema para que escuches de fondo.

Fuente: Puerto de Róterdam

Rotterdam Rijnhaven: del puerto a la vivienda. Y por qué no, una playa

A los habitantes de Róterdam bien podría llamárselos porteños. La ciudad alberga el puerto más grande de Europa, que además se encuentra lindante al centro del casco urbano, en una relación ciudad–puerto que recuerda, en más de un aspecto, a Buenos Aires.

Sin embargo, si bien Róterdam mantiene sus funciones portuarias, en las últimas décadas ha promovido el desarrollo de nuevas infraestructuras portuarias fuera de la ciudad histórica, especialmente sobre el Mar del Norte. Este desplazamiento le permitió encarar operaciones de renovación urbana en áreas desafectadas de sus usos portuarios originales, dando lugar a nuevas centralidades, barrios y amenidades urbanas. Ese es el caso del Rijnhaven, ubicado en el dinámico distrito de Feyenoord, cuyo masterplan recibió la aprobación definitiva por parte de la municipalidad de Róterdam en 2025, luego de años de controversias con vecinos. Parte de la discusión se centró en el impacto urbano de las futuras construcciones, que contemplan alturas de hasta 200 metros. La iniciativa prevé la construcción de edificios con usos mixtos y la incorporación de más de 3.000 nuevas viviendas.

El elemento central del desarrollo es una antigua dársena portuaria en desuso, construida a fines del siglo XIX, sobre la que se están realizando rellenos parciales para incorporar nuevo suelo urbano. Allí se emplazarán las nuevas construcciones y los nuevos espacios públicos, entre los que se destaca una playa pública. Adicionalmente, para reforzar la relación con el agua, el proyecto incorpora una serie de estructuras “flotantes” unidas por pasarelas, entre ellas, un pequeño parque público.

Los futuros desarrollos ofrecerán una combinación equilibrada entre vivienda en alquiler y vivienda en propiedad. Alrededor de la mitad de las nuevas unidades estarán destinadas a hogares de ingresos medios y a vivienda social, como parte de una estrategia orientada a ampliar el acceso a la vivienda y mitigar la escasez habitacional que afecta a la ciudad.

Si bien el caso del Puerto de Buenos Aires es muy distinto, algunos desarrollos y la venta de terrenos públicos en la zona permiten suponer que, más temprano que tarde, allí también cobrará impulso un proceso de renovación urbana. Frente a esa perspectiva, la pregunta central es hacia dónde se orientará ese proceso y a quiénes estará destinado.

Fuente: Municipalidad de Copenhague

¿Una nueva isla lo resuelve todo?

A mediados de la década de los 2000, al sur de Copenhague, se inició la construcción de una defensa costera orientada a proteger el borde marítimo de Amager Este, un sector de carácter predominantemente residencial, particularmente expuesto a los efectos del aumento del nivel del mar y a la erosión costera.

En lugar de modificar las características de ese borde mediante soluciones convencionales, como taludes o diques, se optó por una alternativa más audaz. La intervención adoptó la forma de una isla artificial parquizada, con un frente de playa pública, mientras que la costa original quedaba resguardada por una franja de aguas calmas. De este modo se creó el Amager Strandpark, concebido desde una perspectiva integrada que articuló la necesidad de obras de adaptación al cambio climático con la oportunidad de crear una nueva atracción urbana, hoy considerada entre las más valoradas de la ciudad.

La morfología de la isla fue diseñada para integrarse a las dinámicas propias del frente marítimo y a las condiciones de oleaje características de la zona. La isla tiene alrededor de 2 kilómetros de longitud, con playas de arena aptas para bañarse y áreas de dunas que recrean un paisaje costero natural, mientras que otros sectores se destinan a actividades deportivas. Se invirtieron alrededor de 25 millones de euros en total. Este tipo de soluciones no convencionales ya forma parte de la identidad de Copenhague y, en particular, de Amager. Desde 2017 funciona allí Copenhill, una planta de valorización energética de residuos cuya cubierta inclinada opera como pista de esquí artificial y como espacio recreativo abierto durante todo el año.

Si bien las ciudades han transformado históricamente sus áreas costeras en función de diversas necesidades, en el caso de Copenhague experiencias exitosas como la de Amager Strandpark han servido como antecedente para renovar este tipo de prácticas. La estrategia de desarrollar nuevas islas artificiales combina la necesidad de proteger la costa con el sentido de aprovechar la oportunidad urbana, ya sea para redefinir el perfil de sectores de la ciudad o para dar una respuesta integrada a otros desafíos urbanos.

En ese sentido, con una apuesta mucho mayor a la de Amager Strandpark y mucho más controvertida, cobró impulso en 2021 el proyecto de Lynettholm, una nueva isla artificial de 275 hectáreas, concebida tanto como infraestructura de protección del puerto y del frente marítimo central de Copenhague como plataforma para la expansión urbana. El proyecto combina la creación de un corredor verde costero con la incorporación de nuevas áreas residenciales. Se prevé la construcción de viviendas para más de 35.000 personas, de las cuales al menos un 20 % se destinará a alquileres asequibles para estudiantes y hogares de menores ingresos, con el objetivo de mitigar los problemas de asequibilidad que enfrenta la ciudad. La isla se encuentra actualmente en construcción y se prevé que los primeros espacios públicos abran hacia 2029.

Fuente: ESCR, Ciudad de Nueva York

Hedonismo sostenible y vivienda pública en Nueva York

Este año, la ciudad de Nueva York debería concluir su proyecto de East Side Coastal Resiliency (conocido como ESCR), una iniciativa de adaptación climática que ha transformado distintos espacios verdes del borde costero de la isla de Manhattan sobre el río Este, con el objetivo de proteger la ciudad de eventos climáticos extremos y reducir el impacto de las crecidas. La obra contempla la generación de desniveles de hasta 2,7 metros para que actúen como barrera física, además de la instalación de sistemas de compuertas, muros de contención y la mejora de la infraestructura pluvial. Este conjunto de intervenciones no solo busca la mitigación de riesgos, sino que también representa una oportunidad para renovar integralmente el espacio público, integrando áreas recreativas, accesos y servicios.

Se estima que más de 110.000 personas se beneficiarán directamente de estas obras, incluyendo aproximadamente 28.000 residentes de complejos de vivienda de alquiler público administrados por la NYCHA. En gran medida, una parte relevante de la oferta de vivienda pública de la zona se encuentra dentro de áreas vulnerables a tormentas con una probabilidad anual de ocurrencia del 1%, lo que vuelve clave esta iniciativa para garantizar la protección y la sustentabilidad de la oferta de vivienda asequible en la ciudad. Si bien el ESCR supone una acción preventiva de cara a futuros incidentes climáticos, en los hechos representa la materialización de una reacción tardía frente a los efectos del huracán Sandy, ocurrido en 2012, que dejó un saldo de 44 muertos y paralizó la ciudad por varios días.

Al año siguiente de esa catástrofe, en 2013, el Departamento Federal de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) lanzó Rebuild by Design, un concurso de diseño orientado a desarrollar soluciones innovadoras para enfrentar el cambio climático, con un fuerte componente de participación comunitaria. Entre los ganadores se destacó el estudio danés BIG (también creador del Copenhill mencionado previamente), con la propuesta de un anillo de protecciones sobre el borde costero de Manhattan, que derivó en iniciativas como el ESCR, presentado bajo el paraguas del concepto The Big U. La propuesta excede la idea de desarrollar únicamente infraestructura funcional y promueve una serie de equipamientos y espacios públicos orientados a potenciar y revalorizar entornos y comunidades, bajo una filosofía que busca combinar protección climática y calidad de vida urbana. Al mismo tiempo, se articula con otras infraestructuras públicas críticas, como el parque público de viviendas de la ciudad de Nueva York, cuya protección resulta central en un contexto de creciente vulnerabilidad climática.

Fuente: Ciudad de Buenos Aires

Mientras tanto, en Buenos Aires

En los casos analizados anteriormente, de una u otra manera, nos referimos a distintas estrategias de transformación de los bordes costeros mediante rellenos. En Róterdam, la modificación del perfil portuario para ganar suelo urbano destinado a desarrollos, espacios verdes y playas públicas. En Copenhague, la creación de islas de protección costera que, según el caso, podrían albergar equipamiento público o incluso nuevas urbanizaciones. En Nueva York, la adaptación de espacios públicos a partir de la generación de desniveles que funcionan como barreras de contención.

Buenos Aires cuenta con una larga tradición de rellenar su borde costero, que permitió desarrollar el bajo y localizar infraestructuras críticas, como el Puerto de Buenos Aires. Sin embargo, la sucesión de rellenos terminó contribuyendo a la degradación del frente costero. En ese contexto, se fueron desarrollando consensos orientados a regular y restringir esta práctica. El artículo 27 de la Constitución de la Ciudad refiere a procesos de ordenamiento territorial tendientes a la “recuperación de las áreas costeras” y al “mantenimiento de las áreas costeras del Río de la Plata”. Más tarde, la Ley del Plan Urbano Ambiental, promulgada en 2009, establece en su artículo 9 la necesidad de “preservar el perfil y/o silueta costera de los rellenos existentes”. No obstante, los rellenos continuaron produciéndose, aunque en muchos casos atravesados por litigios y debates públicos.

Las ampliaciones previstas en el Plan de Modernización del Puerto de Buenos Aires de 2018 son un ejemplo de ello. Estas implicaron el relleno parcial de la dársena F y la ampliación del sexto espigón —aún en curso—, con la incorporación de nueva superficie a la operación portuaria. Otro relleno costero vinculado a grandes infraestructuras urbanas sería la eventual ampliación de la cabecera norte del Aeroparque, que implicaría el corrimiento de la Costanera Rafael Obligado y de la línea de costa para extender la pista. Los alcances de dicha intervención se encuentran delimitados en los anexos de la Ley 5961 del Distrito Joven, aunque todavía sin ejecutar.

En la edición anterior de este newsletter nos referimos al parque costero conocido como BA Playa, desarrollado entre 2022 y 2024, también sobre rellenos. Puede mencionarse, asimismo, el Parque del Vega y, en un registro temporal más amplio, el Parque Deportivo Costanera Norte y el Parque de la Memoria. En este sentido, los rellenos permitieron ampliar la oferta de espacios verdes en una ciudad con fuerte déficit, aunque su localización concentrada y las dificultades de acceso limitan su aprovechamiento. Finalmente, en las últimas semanas, trascendidos periodísticos señalaron que la tierra extraída durante la excavación de la futura Línea F de subterráneos podría depositarse en las cercanías de la desembocadura del arroyo Medrano y servir luego para la creación de un nuevo barrio. Más allá de que esta idea se concrete o no, adelanta el hecho de que los rellenos continuarán.

Las transformaciones que continúan produciéndose en el frente costero de Buenos Aires ponen en evidencia, por un lado, las limitaciones del marco normativo y, por otro, los efectos de intervenir de manera fragmentaria. La costa queda así atrapada en un proceso de crecimiento por partes, sin lograr consolidar una visión de conjunto. Sin asumir que aceptar los rellenos implique una derrota, ni que habilitarlos suponga una liberalización sin reglas, la pregunta de fondo es qué nuevos consensos podríamos alcanzar para orientar futuras intervenciones sobre el borde del Río de la Plata. ¿Cómo se vería ese nuevo borde costero?

Ahora sí nos vamos. 

Un abrazo, y hasta la próxima,

Manuel Socias y Max Beraud

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