Más de la mitad del tráfico online ya no proviene de personas, sino de bots
¡Hola! ¿Cómo estás? Te doy la bienvenida a una nueva edición de “Salir de la burbuja”.
En la última edición exploramos por qué los boicots digitales fallan y qué los diferencia de las acciones colectivas que realmente funcionan. Esta semana vamos a sumergirnos en algo que suena a ciencia ficción pero que ya está acá: más de la mitad del tráfico online ya no proviene de personas, sino de bots. Esto no es una curiosidad técnica ni un dato para que se espanten. Es un cambio que está alterando la forma en la que se consume cultura, cómo se distribuyen las ganancias, y en última instancia, quien mira lo que hacemos.
Ahora somos minoría
Desde Blade Runner hasta Yo Robot, la ciencia ficción nos preparó para un futuro donde convivir con robots fuera parte de lo cotidiano. Imaginábamos C3POs sirviéndonos café, asistentes mecánicos súper rápidos e incapaces de estafa, autómatas caminando por las calles. Los avances en robótica de Boston Dynamics o Tesla nos hacen pensar que esa realidad física no está tan lejos.
Resulta que ya estamos viviendo en ese mundo. Solo que no es donde lo esperábamos. Nuestras identidades digitales, esas versiones de nosotros que crean, consumen, interactúan y existen online, ya conviven en un ecosistema donde los robots son mayoría. De un día para el otro dejamos de ser la especie dominante en internet y recién nos estamos dando cuenta.
El 2024 es el año en que la balanza se inclina definitivamente para el otro lado. El tráfico de bots superó al tráfico humano por primera vez en una década: 51% versus 49%, según el reporte anual de Imperva, subsidiaria de Thales.
No es que los humanos dejáramos de usar internet. Es que los bots crecieron exponencialmente. La causa principal es clara: la rápida adopción de la inteligencia artificial y los modelos de lenguaje grandes simplificaron radicalmente la creación y el escalamiento de bots. Lo que antes requería equipos técnicos especializados ahora lo puede hacer cualquiera con acceso a una API. Los atacantes usan IA no solo para automatizar tareas complejas, sino también para analizar intentos fallidos y refinar sus técnicas de evasión en tiempo real.
¿Querés saber qué tan rápido va a empeorar esto? No tenemos proyecciones oficiales confiables a largo plazo, pero la tendencia es clara: los bots no solo crecieron, se están volviendo más sofisticados cada año. No es una anomalía temporal. Estamos viviendo una transformación estructural de internet.
¿Qué carajo es un bot? ¿Puedo conseguir uno?
Un bot es, básicamente, un programa informático que ejecuta tareas automatizadas siguiendo un conjunto de instrucciones. La palabra viene de “robot” y describe software que imita comportamiento humano sin intervención humana directa.
Técnicamente, los bots funcionan mediante automatización robótica de procesos que les permite realizar tareas repetitivas más rápido y con mayor volumen que cualquier humano. Combinan visión artificial para interpretar imágenes y videos digitales, aprendizaje automático para extraer patrones y adaptarse, y activadores predefinidos, palabras clave o eventos específicos, que los prenden o apagan.
Lo que cambió radicalmente en los últimos dos años es la sofisticación. Los bots de 2025 no son los scripts torpes de hace una década. Ahora usan proxies residenciales (direcciones IP de hogares reales), rotan identidades de navegador, varían sus horarios de actividad y, lo más importante, generan contenido único y contextualmente relevante gracias a los modelos de lenguaje.
Un estudio publicado en febrero 2024 realizó un experimento donde humanos intentaron identificar bots en una red social. La mayoría de los participantes no logró detectar bots significativamente mejor que una selección al azar. Si los humanos no pueden distinguir bots de personas, entonces los datasets etiquetados por humanos para entrenar algoritmos de detección están heredando errores masivos desde el inicio.
En el contexto de las plataformas culturales, esto significa que los bots ya no son solo cuentas fantasma obviamente falsas. Son perfiles convincentes con historiales de actividad coherentes, gustos aparentemente auténticos y patrones de comportamiento que imitan perfectamente a usuarios reales.
Existe toda una economía paralela de servicios de bots disponibles para quien quiera pagar. No requiere conocimientos técnicos. Es tan simple como comprar cualquier otro servicio online. Plataformas como Fiverr, sitios especializados y marketplaces en la dark web ofrecen estos servicios abiertamente. Algunos incluso prometen “streams reales” o “visualizaciones orgánicas”, pero la realidad es que están usando granjas de bots sofisticadas que imitan el comportamiento humano lo suficientemente bien como para evadir, al menos temporalmente, los sistemas de detección.
El modelo de negocio incluye economías con bajo costo laboral donde operan “fraud farms” que combinan trabajo humano de bajo costo con automatización masiva. Brasil, India, Rusia, Vietnam, Filipinas son los centros principales según datos de Arkose Labs.
¿Cómo impacta esto en la cultura?
La música es probablemente donde el impacto de los bots es más directo y medible en términos económicos. Las cifras exactas son difíciles de precisar porque nadie quiere admitir la magnitud del problema. Spotify oficialmente reporta que apenas 1.14% de sus streams muestran signos de actividad artificial, pero analistas de la industria y estudios independientes calculan que ese número está más cerca del 10%. En cualquier caso, el impacto económico se mide en miles de millones de dólares.
El problema no es solo que existan streams falsos. Es cómo funciona el modelo de pago de Spotify. La plataforma usa un “Modelo de pool compartido”: todos los ingresos del mes (suscripciones y publicidad) van a un pool común, y luego se distribuyen según el porcentaje de streams que cada artista generó. Si un artista infla sus números con bots, está literalmente robando dinero del pozo que debería ir a otros artistas. Muchos también estarán pensando que el problema es cómo Spotify le paga a sus artistas y estoy completamente de acuerdo, pero es un lindo tema para profundizar así que lo dejamos para otra edición del newsletter.
Un ejemplo reciente es la demanda colectiva presentada en noviembre 2025 por el rapero RBX (primo de Snoop Dogg) contra Spotify. La acusación alega que Drake tuvo “billones” de streams falsos entre enero 2022 y septiembre 2025. De sus aproximadamente 37,000 millones de streams totales en ese período, “un porcentaje sustancial no trivial” habrían sido fraudulentos.
La demanda presenta evidencia específica: uso anormal de VPN que ocultaba la ubicación real de las cuentas bot, con 250,000 streams de la canción “No Face” supuestamente originados en Turquía pero geomapeados falsamente a Reino Unido a través de VPNs coordinadas. También señala concentración geográfica imposible: streams provenientes de áreas “con cero direcciones residenciales”.
La demanda no acusa directamente a Drake de haber orquestado el fraude, pero argumenta que Spotify “miró a otro lado” ante el streaming masivo fraudulento porque tiene sus propios incentivos: más streams significa más usuarios activos para reportar a anunciantes y accionistas. Spotify lo niega enfáticamente, afirmando que tiene sistemas altamente efectivos para limitar el impacto del streaming artificial.
¿Cómo funcionan las granjas de streaming? Básicamente, redes organizadas de personas o bots reproducen canciones en loop 24/7. Agregan tracks de clientes pagos a playlists masivas que luego se ponen en reproducción continua usando miles de cuentas. Usan VPNs para aparentar tráfico de países con mejor CPM (costo por mil reproducciones), y van rotando patrones para evadir detección.
Por supuesto, también pasa en YouTube
Si en Spotify los bots roban dinero del pozo, en YouTube directamente destruyen la credibilidad del sistema de métricas. YouTube removió más de 4 mil millones de vistas falsas solo en 2022 como parte de su crackdown contra la actividad generada por bots. Y los números siguen siendo astronómicos: en 2024, la plataforma eliminó millones de canales por violar políticas relacionadas con actividad artificial.
Los bots en YouTube son variados: view bots que inflan visualizaciones, subscriber bots que aumentan suscriptores artificialmente, comment bots que llenan secciones con spam genérico, y engagement bots que distribuyen likes y shares falsos. Los más sofisticados intentan imitar el comportamiento humano completo: scrolling, pausas, clicks, incluso comentarios aparentemente contextuales.
Las señales de detección están a la vista para quien tenga ganas de buscarlas. Aumentos inexplicables, un video que pasa de 100 a 10,000 vistas en una noche sin ninguna fuente identificable, es el indicador más obvio. También está el alto ratio de vistas con bajo engagement: 50,000 visualizaciones pero apenas 10 comentarios y 50 likes. O la desproporción entre suscriptores y vistas: 100,000 vistas en un video pero el canal solo tiene 200 suscriptores. El tráfico geográfico también delata: si un canal tiene tráfico mayormente externo o de países inusuales para su contenido, algo no cierra.
Las consecuencias para los canales que usan bots pueden ser enormes. YouTube remueve vistas y suscriptores falsos sistemáticamente. Las penalizaciones pueden ir de una semana sin poder subir contenidos hasta la eliminación permanente del canal. También está la desmonetización parcial o total, la pérdida de acceso al YouTube Partner Program, y las analytics completamente distorsionadas que hacen imposible saber qué contenido funciona realmente.
¿Y la industria del libro?
Esto no se limita a la música y el audiovisual. La industria del libro también está siendo transformada por los bots, y acá el caso más emblemático es Goodreads. Con más de 120 millones de usuarios, es la red social para lectores más grande del mundo, ahora propiedad de Amazon. La plataforma permite a los usuarios catalogar sus lecturas, calificar y reseñar libros, obtener recomendaciones personalizadas y conectar con otros lectores y autores.
Goodreads es un ejemplo de otro tipo de batalla, una muy incómoda: los bots que contaminan métricas cualitativas, la razón por la que existe la red social en sí misma.
En este escenario el impacto toma formas más sofisticadas. Están los bots de reseñas masivas: perfiles con 400+ libros “leídos” semanalmente —literalmente imposible— que dejan reseñas cortas y genéricas copiadas entre libros, usando fotos stock. Su única función es inflar ratings de libros que les pagan por promover.
La nueva moda son los “rating bombers”: ataques sistemáticos a libros con poco rating para maximizar el impacto negativo. El objetivo es directamente la extorsión. Después del bombardeo de 1 estrella, el autor recibe emails de “servicios de promoción” ofreciendo 20-50 reseñas positivas a cambio de una módica suma de dinero.
¿Por qué funciona tan bien el fraude en Goodreads? La plataforma no verifica que hayas leído el libro para rankear. Podés calificar sin escribir reseña. Crear múltiples cuentas es gratis, no requiere comprar como Amazon. Y la moderación es mínima.
El problema empeoró dramáticamente con IA. Ahora ChatGPT puede crear perfiles convincentes con fotos generadas por IA, escribir reseñas que imitan el estilo de “power users” reales, y orquestar campañas de review-bombing a escala masiva con mínimo esfuerzo humano. Cuentas que no parecen bots: tienen amigos, recomiendan libros y cuentan con bios simpáticas y creativas.
Y Goodreads, a pesar de ser propiedad de Amazon, recibe una fracción mínima de inversión en protección para este tipo de fraudes comparada con su empresa madre.
Todo tiempo pasado fue distinto, no necesariamente mejor
Ver cómo la “democratización” de internet se fue llenando de trampas para cambiar las reglas del juego enoja y asusta. Es muy tentador caer en la nostalgia, pensar que antes todo era más transparente, más justo, más genuino. Pero tenemos que ser honestos y reconocer que siempre hubo problemas de transparencia y manipulación, solo que con otras formas.
Cuando el único formato de cobro de regalías para los músicos argentinos era a través de SADAIC, también teníamos problemas serios de transparencia en cómo se repartía el dinero entre los artistas. El rating de la TV nunca fue realmente confiable ni representativo: las cajas medidoras de “ibope” estaban en ciertos hogares, de ciertas clases sociales, en ciertas geografías. Toda una industria de millones de dólares se sostenía sobre una muestra que excluía sistemáticamente a la mayoría. Incluso cuando leíamos las críticas a libros en algún suplemento o revista de cultura, veíamos influencias que transformaban esas narrativas: la pauta publicitaria de las editoriales, las relaciones personales entre críticos y autores, los favores cruzados del mundillo literario.
La diferencia es que ahora la escala y la velocidad son otras. Lo que antes requería una red de contactos y años de construcción institucional, hoy se logra en semanas con una tarjeta de crédito y acceso a servicios de bots. La opacidad no desapareció, se industrializó. La manipulación no es nueva, pero se automatizó.
Entonces, ¿qué hacemos? La verdad que no estoy del todo seguro, pero acá van algunas ideas. Primero, transparencia real: que las plataformas muestren cómo distribuyen regalías, qué porcentaje del tráfico consideran sospechoso, qué medidas concretas implementan contra el fraude. Segundo, regulación que proteja a creadores legítimos sin ahogar la innovación: mecanismos de verificación para quienes monetizan, auditorías independientes de métricas, penalizaciones reales para el fraude sistemático. Y tercero, educación: como consumidores tenemos que desarrollar un nuevo escepticismo crítico y entender que las métricas digitales pueden estar fabricadas, que un video con millones de views o un libro con cientos de reseñas no necesariamente es bueno o relevante. La popularidad ya no es garantía.
¿Cómo construimos cultura, arte, comunidad en un internet donde la mayoría de las voces pueden no ser humanas? ¿Cómo diferenciamos valor genuino de popularidad fabricada cuando todas las métricas están contaminadas? ¿Cómo protegemos a creadores legítimos cuando el fraude es más rentable que el talento?
No tengo las respuestas. Pero sí sé que quedarnos quietos pensando que “siempre fue así” es rendirse demasiado fácil. Los problemas cambiaron de forma, y nosotros también tenemos que cambiar para enfrentarlos.
Llegamos al cierre del año y ya somos más de 1200 en esta burbuja, pero me encantaría que podamos seguir creciendo así que será muy agradecido todo esfuerzo que hagan para compartir este newsletter. ¡Nos leemos en 2026!
Abrazo de gol.
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