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Chofer, apure ese motor

a1000 , 2 diciembre, 2025

En 1928 en Buenos Aires inventamos algo revolucionario: el colectivo. Casi 100 años más tarde no podemos garantizar algo tan simple como que lleguen a tiempo.

¡Hola! ¿Cómo estás? Acá Emma, un placer volver a encontrarnos. Si recién llegas, bienvenido a Más allá del render, un rincón de debates urbanos, ejemplos de buena política pública e ideas para la Ciudad.

Imaginemos esta situación: Primer día en un nuevo laburo, te citaron 8:30 y según Google Maps tenés 43 minutos de viaje. Salís una hora antes para no llegar corriendo. Llegás a la parada y… milagro: justo pasa un colectivo. Son las 8 y ya estás en la oficina, quedás como un rey.

Al día siguiente salís confiado. Misma hora, misma parada: pero esta vez te clavás media hora de espera. Llegás tarde al laburo, tus nuevos compañeros apenas conocen tu nombre pero ya saben que no sos puntual.

Pero no es solamente la falta de previsibilidad. Es la dificultad en el acceso a la información: falta una predicción unificada que funcione. Google Maps te promete con que vienen 4 coches pero Cuando Subo ya te anticipa una mala señal:  “sin llegadas adicionales”. Moovit te falló tantas veces que ya ni la usas. Sin un predictivo claro los porteños vivimos apostando: o llegas tarde, o salís exageradamente temprano y perdés tiempo que podrías usar para estudiar, trabajar o hacer deporte. La Ciudad te roba ese tiempo.

Este problema tiene un impacto mucho mayor del que suponemos. En el AMBA se hacen más de 11 millones de viajes diarios y casi 8 de cada 10 son en colectivo. Más de 9 millones de viajes por día dependen de que los bondis funcionen bien. Pero hoy pasa lo contrario: circulan menos unidades que antes y en peor estado.

Cualquiera que viaja en bondi lo siente todos los días. En 4 años, perdimos 500 colectivos, y en hora pico hay un 12,8% menos que en 2019. A esto se le suma que se duplicó la cantidad de unidades con más de 10 años. Viajes más lentos, incómodos (y además ruidosos).

Los problemas son tan evidentes que resulta inexplicable que el gobierno no se ocupe del tema. En el último año escuchamos anuncios sobre la nueva línea F, combis eléctricas en microcentro y cinco colectivos con las ruedas tapadas (a.k.a. Trambus) pero ningún plan claro para que los colectivos lleguen a tiempo. El gobierno instaló pantallas predictivas en algunas estaciones de subte y colectivo pero no cumplen su función: no logran predecir bien los tiempos de llegada.  Además, muchas ya estaban fuera de funcionamiento poco tiempo después de su inauguración.

¿Cuál es el resultado de que la Ciudad no se ocupe? Estudiantes que llegan tarde a la universidad, vecinos que terminan pagando un taxi para no perderse un turno médico, porteños que dejan de usar el transporte público para subirse al auto. Más autos es más tráfico, más contaminación y más tiempo perdido viajando. Un círculo vicioso del que nadie parece querer hacerse cargo.

Hoy hay una oportunidad inédita. El traspaso de 31 líneas de colectivo a la Ciudad contempla su control, administración, la potestad de fijar tarifas y los recorridos de las líneas de colectivo que circulan dentro de la jurisdicción porteña. El Gobierno de la Ciudad tiene la llave para mejorar el servicio, y hay que aprovecharla. No hace falta recurrir a la ciencia ficción. Todo está inventado y ya pasa en otras ciudades del mundo.

La Ciudad hoy puede definir recorridos, tarifas, exigencias y sanciones. Eso le da algo que nunca tuvo: poder real para ordenar el servicio. Podría (entre muchas otras cosas) premiar a las empresas que cumplan con la frecuencia y sancionar a las que no, como hacen las ciudades que funcionan. No lo digo yo: el último informe del International Transport Forum de la OCDE muestra que uno de los mecanismos más efectivos para mejorar el transporte es justamente ese modelo “bonus–penalty”: bonos por buen servicio, castigos por incumplimiento.

En Singapur lograron que lo que dice la app sea lo que pasa en la calle. Con uso continuo de algoritmos, datos históricos y feedback ciudadano para la mejora de modelos, el “llega en seis” es realmente “llega en seis”.

En Londres tienen una cobertura masiva de tecnología de geolocalización sumado a una API (Application Programming Interface), un software que permite que distintas apps accedan a los datos del transporte en tiempo real. Lo peor de todo es que ya existe algo parecido en la Ciudad de Buenos Aires, solo que allá funciona y acá no.

Podríamos copiar cualquiera de estas cosas, mañana mismo. La tecnología está, la necesidad es evidente, ¿y los datos? También. La Ciudad ya tiene datos de posición, velocidad y frecuencia de los colectivos. La propia web del gobierno dice que deberían ser públicos. Si así lo fueran y además fueran correctos, cualquier app podría mostrar frecuencias en serio, o la Ciudad podría hacer una propia que funcione.

Sumemos algo más: hay tecnología para que los semáforos prioricen colectivos, bicicletas y ambulancias, como en Medellín, donde redujeron tiempos de viaje hasta un 28%. Con datos reales, IA y un centro de control que funcione, Buenos Aires podría anticipar congestiones y dar “onda verde” al transporte público en vez de dedicársela a los autos.

Si alguna vez llegaste tarde, saliste temprano y una app te mintió en la cara, o simplemente sos fanático de las soluciones urbanas, súmate a este debate. 

Esto es todo por hoy. Gracias por acompañar esta edición de Más allá del render. Estén atentos porque próximamente se pueden llegar a encontrar con A1000 en la parada de su bondi de cabecera!

Nos vemos,

Emma Ferrario

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