
¿Qué son las agregadoras de contenidos y cuál es su rol en la industria musical?
¡Hola! ¿Cómo estás? Te doy la bienvenida a una nueva edición de “Salir de la burbuja”.
En nuestra edición anterior, exploramos cómo las plataformas públicas como Cine.ar enfrentan el desafío de mantener viva nuestra memoria audiovisual frente a los gigantes del streaming. Parece que el gobierno nacional no comparte esta mirada y acaba de anunciar, a través de la cuenta de X del INCAA la privatización de la plataforma con el objetivo de ahorrarle al estado nacional $330.000 dólares por año. A mi criterio, una decisión profundamente equivocada, que no se sostiene ni aunque uses como argumento el slogan del gobierno “No hay plata”.
Volviendo al asunto que nos convoca, en la edición de hoy vamos a intentar dar un paso atrás para observar la infraestructura invisible que hace posible que gran parte de la música que escuchamos diariamente en Spotify llegue hasta nuestros auriculares.
Cada día se suben más de 120,000 canciones nuevas a Spotify. Detrás de esa avalancha de contenido, existe una clase de empresas que operan en las sombras: las agregadoras o distribuidoras digitales. Son los intermediarios técnicos, administrativos y, cada vez más, estratégicos que conectan a millones de creadores independientes con las plataformas donde consumimos contenido. Sin ellas, el acceso directo a estos gigantes digitales sería imposible para la inmensa mayoría de artistas que no cuentan con el respaldo de uno de los tres grandes sellos discográficos. Al mismo tiempo, se convirtieron en los nuevos intermediarios en el ecosistema de la música digital.
Esta semana nos sumergimos nuevamente en la burbuja de la distribución digital de la música para tratar de entender mejor a este actor tan importante como desconocido para muchos, su historia, su rol actual y las diferentes formas en que opera.
Del caos de Napster a la arquitectura del streaming
Para entender el presente de las agregadoras, hay que remontarse al caos original: Napster. Cuando Shawn Fanning y Sean Parker lanzaron su plataforma en 1999, no solo desmantelaron el monopolio de distribución de las grandes discográficas; transformaron la música en una especie de “bien público” disponible gratuitamente para cualquiera con conexión a internet.
La respuesta de la industria fue contundente. El caso más emblemático fue la demanda de Metallica en abril de 2000, después de descubrir que una maqueta de “I Disappear” circulaba por la red antes de su lanzamiento oficial. El mensaje era claro: todo su catálogo estaba disponible ilegalmente. Las demandas de la RIAA llevaron al cierre de Napster en julio de 2001, pero su legado fue profundo: había demostrado una demanda global e insaciable por la música digital. Una recomendación para quienes quieran profundizar en este tema es “How music got free” de Stephen Witt
La solución llegó de la mano de Apple. El 9 de enero de 2001, Steve Jobs presentó iTunes, y en abril de 2003, lanzó la iTunes Music Store. Apple logró lo que parecía imposible: negociar acuerdos con las cinco principales discográficas de la época, creando un modelo que revitalizó los ingresos de la industria con la compra de canciones individuales por 99 centavos.
Pero la solución de Apple creó una nueva barrera para los artistas independientes. Para que su música apareciera en iTunes, era necesario cumplir requisitos técnicos rigurosos, formatos de metadatos específicos y, lo más importante, tener un acuerdo comercial directo con Apple, algo logísticamente inalcanzable para un músico sin la infraestructura de un sello discográfico.
Ese “vacío” fue precisamente la oportunidad que dio origen a las primeras agregadoras.
Los pioneros del modelo: más que una solución técnica
El surgimiento de las agregadoras no fue solo una respuesta técnica, sino también una reacción ideológica al sistema tradicional. Los fundadores, a menudo músicos ellos mismos, construyeron una especie de “infraestructura de protesta” contra las prácticas establecidas.
CD Baby, fundada en 1998 por Derek Sivers, nació como un simple sitio web para vender su propio CD. Su propuesta era radicalmente pro-artista: pago único para que la música estuviera disponible para siempre, pagos de regalías semanales y acceso a los datos de contacto de quienes compraban la música, algo que los sellos tradicionales nunca compartían. Descrita como una “anti-discográfica”, se posicionó como aliada del músico independiente.
TuneCore llegó en 2006 con una propuesta aún más disruptiva: los artistas conservaban el 100% de sus regalías a cambio de una tarifa fija por cada single o álbum distribuido. Este modelo contrastaba directamente con las comisiones y los contratos de reparto de regalías tradicionales. Actualmente es propiedad de Believe.
El paradigma cambió nuevamente con el lanzamiento de Spotify en 2008 y su posterior expansión global. El modelo pasó de “propiedad” (comprar archivos digitales) a “acceso” (pagar una suscripción para acceder a un catálogo casi infinito).
Esta transformación obligó a las agregadoras a reinventar completamente su infraestructura técnica. Ya no se trataba de entregar canciones a un puñado de tiendas de descarga, sino de gestionar la distribución a cientos de plataformas de streaming en todo el mundo, cada una con sus propios requisitos técnicos y complejos modelos de pago de regalías.
El rol actual: democratización y nuevos cuellos de botella
Hoy, las agregadoras han logrado algo impensable en la era pre-digital: cualquier artista puede colocar su música en más de 150 plataformas globales en cuestión de días desde su estudio casero. Esta democratización ha desatado una explosión de creatividad sin precedentes, dando visibilidad a géneros y escenas locales que históricamente eran ignoradas por la industria masiva.
Este impacto en la diversidad cultural es global. El acceso directo a las plataformas ha permitido que la música de mercados no angloparlantes trascienda sus fronteras originales. Un artista argentino puede descubrir que tiene una base de oyentes leales en Japón, algo impensable en la era física.
Pero esta democratización del acceso tiene muchas caras. Si bien se democratizó la distribución, este fenómeno creó una nueva y feroz aristocracia de la atención. La facilidad para publicar resultó en un mercado hipersaturado donde el principal desafío ya no es “estar” en las plataformas, sino “ser escuchado”.
La visibilidad pasó a ser el recurso más valioso y escaso. El poder que antes ostentaban los directores de A&R y los programadores de radio fue transferido a los algoritmos y equipos editoriales de las plataformas. La inclusión en una playlist influyente puede catapultar una carrera de la noche a la mañana, actuando como los nuevos “gatekeepers” del éxito.
Esto creó una nueva dinámica donde los artistas deben aprender a “cantar para el algoritmo”. El éxito ya no depende solo de la calidad artística, sino de la capacidad de optimizar la música y las estrategias de lanzamiento para ser favorecido por estos sistemas automatizados de recomendación.
En Argentina y Latinoamérica, todos los principales actores internacionales compiten activamente, siendo listados por Spotify como proveedores preferidos. Pero también existe un modelo único: AMA (Agregadora de Música Argentina), creada por el Instituto Nacional de la Música, convirtiéndose en la primera distribuidora digital pública del mundo. Su misión no es la maximización de beneficios, sino el fomento y la protección de los músicos argentinos. Aún es temprano para evaluar el impacto de este modelo en el ecosistema pero es un proyecto disruptivo que propone un lugar para lo público en el corazón del sector.
Como siempre decimos en este newsletter, la cosa es mucho más compleja de lo que podemos explicar en los pocos caracteres de nuestra edición mensual, pero igual vamos a tomarnos el tiempo para adentrarnos e intentar diferenciar los dos segmentos principales en los que se separan estos organismos:
Nivel 1: Infraestructura para creadores (DIY – “Do it yourself”) Este segmento se enfoca en volumen y escalabilidad, ofreciendo herramientas de autoservicio a bajo costo para la gran masa de artistas independientes y pequeños sellos. Su modelo de negocio es fundamentalmente tecnológico, vendiendo una herramienta eficiente para la distribución masiva. Entre los líderes encontramos a DistroKid, que se posicionó como el favorito gracias a su modelo de suscripción anual de bajo costo que permite lanzamientos ilimitados, destacándose por su velocidad de entrega y herramientas como la división automática de regalías entre colaboradores. TuneCore, uno de los pioneros y ahora propiedad del gigante francés Believe, mantiene fuerte presencia diferenciándose por su robusto servicio de administración de publishing. Por su parte, CD Baby, el otro gran pionero ahora bajo Downtown Music, se distingue por su modelo de pago único por lanzamiento, ideal para artistas que publican esporádicamente. Como dato de color, Universal está en proceso de adquirir Downton Music con todas sus sub-empresas (FUGA, CD Baby, Songrust, etc).
Nivel 2: Socios estratégicos (servicios para sellos establecidos) Para comprender este segmento, primero hay que distinguir a los actores dominantes. En la cima de la industria operan solo tres grandes conglomerados o “majors”: Sony Music, Warner Music Group y Universal Music Group. Estos gigantes, junto a sus innumerables sub-sellos (que incluyen nombres históricos como Virgin o EMI), son los únicos que poseen sus propias distribuidoras y, por ende, se vinculan de forma directa con las Plataformas de Servicios Digitales (DSPs) como Spotify. Sus brazos de distribución son The Orchard (propiedad de Sony), ADA (perteneciente a Warner) e InGrooves (adquirida por Universal).
Todo el resto del ecosistema musical —desde sellos independientes consolidados hasta artistas emergentes— debe pasar necesariamente por una agregadora digital para poder colocar su música en estas plataformas.
Dentro de este universo de intermediarios, el “Nivel 2” opera con un modelo más selectivo, a menudo por invitación, dirigido a sellos discográficos independientes con músculo y artistas con trayectoria establecida. En lugar de vender una herramienta, venden experiencia, capital y una red de contactos. Su modelo de negocio se basa en una comisión sobre las regalías generadas, lo que alinea sus intereses con el éxito de sus clientes.
Incluso, muchas de estas distribuidoras no negocian directamente con las DSPs, sino que operan bajo licencias “paraguas” gestionadas por organizaciones como MERLIN. Esta entidad agrupa a miles de sellos y distribuidoras independientes de todo el mundo, actuando como un bloque para negociar acuerdos con las plataformas en condiciones más favorables, fortaleciendo así la posición del sector independiente.
The Orchard, a pesar de ser propiedad de Sony Music, es un ejemplo de este modelo de servicios estratégicos y uno de los líderes indiscutibles del sector. Ofrece un conjunto completo de servicios que van mucho más allá de la simple distribución, incluyendo marketing digital avanzado, pitching directo a curadores de playlists, gestión de derechos complejos y adelantos financieros. Believe, de origen francés, ha crecido hasta convertirse en una potencia global con un enfoque particular en el desarrollo de artistas en sus mercados locales, invirtiendo en equipos sobre el terreno en todo el mundo y siendo una de las pocas, fuera de los grandes jugadores, que se vincula directamente con los DSPs.
Las agregadoras monetizan sus servicios a través de tres modelos principales, cada uno con sus propias ventajas y desventajas. El modelo de suscripción anual, popularizado por empresas como DistroKid y adoptado por TuneCore, implica que el artista pague una tarifa anual fija para poder subir música de forma ilimitada durante ese año, conservando el 100% de las regalías generadas. Este enfoque es extremadamente rentable para artistas prolíficos que lanzan música con alta frecuencia, pero presenta el riesgo de que si el artista deja de pagar la suscripción, la agregadora puede retirar su música de las plataformas. El modelo de tarifa por lanzamiento, utilizado por CD Baby, funciona con un pago único por cada single o álbum distribuido, asegurando que el lanzamiento permanezca en las plataformas de por vida sin cuotas recurrentes. Es ideal para artistas que lanzan música esporádicamente, pero CD Baby retiene una comisión del 9% sobre las regalías de streaming y descargas. Finalmente, el modelo de comisión sobre regalías, estándar para agregadoras como The Orchard y Believe, no requiere costo inicial para el artista, pero la empresa se queda con un porcentaje de las regalías generadas (típicamente entre 15% y 30%). Este modelo alinea perfectamente los intereses de la agregadora con el cliente, ya que solo ganan dinero si el artista tiene éxito, pero no suele ser accesible para artistas emergentes debido a sus costos y criterios de selección.
El futuro: más que distribuidores, socios estratégicos
El rol del agregador trasciende la industria musical. Un ecosistema paralelo existe para el contenido audiovisual, desde YouTube hasta plataformas de Video-On-Demand como Netflix o Amazon Prime Video. Las Multi-Channel Networks (MCNs) funcionan como agregadores especializados en YouTube, mientras que agregadores de cine como Filmhub o Quiver Digital conectan a cineastas independientes con plataformas VOD.
Pero esa es una historia compleja que merece su propia exploración detallada. La prometo para una próxima edición, donde analizaremos cómo funciona la agregación en el mundo audiovisual y sus dinámicas particulares.
En última instancia, la elección de una agregadora es hoy una de las decisiones estratégicas más importantes para un músico independiente. No existe una respuesta universalmente correcta. La elección óptima depende de la etapa de carrera del artista, su volumen de producción, sus objetivos a largo plazo y su equilibrio deseado entre autonomía y soporte.
El ecosistema actual ofrece un abanico de opciones que permite a cada creador seleccionar no solo un proveedor de servicios, sino un socio adecuado para navegar el complejo viaje de la economía digital.
Abrazo de gol.
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