
Por qué Cine.ar es más importante de lo que creemos
En nuestra primera entrega, exploramos cómo los algoritmos de Spotify están reconfigurando la música que escuchamos y creamos. Hoy, llevamos esa misma inquietud a nuestras pantallas. Pasamos, en promedio, 3,1 horas diarias frente a servicios de streaming, pero ¿cuánto de ese tiempo es una elección genuina y cuánto es una respuesta a un menú diseñado por otros?
Este es el campo de batalla donde compiten dos lógicas: por un lado, gigantes globales como Netflix, que con un 82% de penetración en Latinoamérica perfeccionan el arte de la recomendación para mantenernos suscriptos. Por otro, una pequeña isla con una misión diferente: Cine.ar. Esta semana, nos sumergimos en su historia, su propósito y sus crisis para entender qué rol juegan —y cuál podrían jugar— las plataformas públicas en nuestra dieta cultural.
Una alternativa que resiste: La historia y paradoja de Cine.ar
Pese a superar los 2 millones de usuarios registrados y acumular millones de horas de visualización, la plataforma vive una paradoja fundamental. Un estudio de 2017 reveló que, entre los cinéfilos de Buenos Aires que consumen cine argentino en VOD (Video bajo demanda), el 57% lo hace a través de Netflix, contra apenas un 16% que usa Cine.ar. Este dato es un golpe de realidad: no alcanza con tener el contenido. La preferencia del público se inclina hacia los gigantes, probablemente por una mezcla de factores: la fuerza del marketing, una interfaz de usuario más pulida o simplemente la percepción de que su catálogo es más atractivo.
El espejo vs. la ventana: Dos filosofías de diseño
Aquí llegamos al núcleo filosófico del asunto. Las plataformas comerciales están diseñadas para ser espejos. Sus algoritmos, optimizados para maximizar la participación y minimizar la cancelación de suscripciones, aprenden de nuestros gustos para reflejarlos y darnos “más de lo mismo”. El objetivo es la retención, no necesariamente el descubrimiento.
Las plataformas públicas, en cambio, pueden ser diseñadas como ventanas. Su misión no es comercial, sino cultural: fomentar la diversidad y la serendipia, ese placer de encontrar algo valioso que no estábamos buscando. Su valor no se mide en horas de visionado, sino en la expansión de los horizontes del espectador. Esto se ve en su estrategia de curación: Cine.ar funciona como una “segunda ventana” crucial para películas con un recorrido modesto en salas, dándoles una nueva vida y destacando joyas de la crítica que no fueron éxitos de taquilla, como Zama.
El valor de esta “ventana” cultural trasciende nuestras fronteras de una manera sorprendente. Un dato fascinante revela que la plataforma tiene 300.000 usuarios registrados fuera de Argentina. Este fenómeno, a veces llamado “internacionalización involuntaria”, convierte a Cine.ar en un inesperado y potente vehículo de diplomacia cultural. Atiende simultáneamente a tres públicos: el nacional, la diáspora argentina que busca conectar con sus raíces y una audiencia internacional curiosa por nuestra cultura. De este modo, la plataforma deja de ser una mera utilidad doméstica para transformarse en un instrumento de “poder blando”, proyectando nuestra identidad en un mundo cada vez más homogeneizado y redefiniendo el concepto de “servicio público” para la era digital.
La memoria frágil: ¿Quién protege nuestro patrimonio digital?
Imaginemos que las películas argentinas ganadoras del Oscar desaparecen de todos lados. No es ficción. Es la realidad del streaming comercial, donde los catálogos son efímeros, regidos por licencias temporales. Este modelo fomenta un “presente perpetuo” donde el acceso a la historia es frágil y contingente. Un archivo en un servidor comercial no es un activo cultural permanente como un libro en una biblioteca; es un bien de consumo transitorio.
Esta lógica choca de frente con la misión de preservación. Organismos internacionales como la UNESCO enfatizan que la protección del patrimonio audiovisual no consiste solo en “custodiar los recuerdos”, sino en mantener “la diversidad cultural viva y accesible para todos”. En la misma línea, la ONU considera este patrimonio como un “registro único e invaluable de la humanidad”. Si a esto le sumamos que los archivos físicos enfrentan sus propias batallas contra el deterioro (como el “síndrome del vinagre” en las películas), la necesidad de un archivo digital robusto se vuelve imperativa. En este contexto, las plataformas públicas dejan de ser un mero servicio de entretenimiento; se convierten en la infraestructura más crítica para cumplir ese mandato de preservación en el siglo XXI.
Lecciones globales: Modelos que funcionan
El desafío de Cine.ar no es único, y el mundo ofrece ejemplos inspiradores que demuestran la viabilidad de un mandato público robusto.
1. RTVE Play (España): Un modelo de financiación mixto y exitoso. La plataforma de la Corporación de Radio y Televisión Española es un caso de estudio sobre cómo competir eficazmente en un mercado saturado sin depender de la publicidad. Su secreto reside en un modelo de financiación mixto y diversificado: sus ingresos provienen de una compensación directa del presupuesto estatal, una tasa sobre los ingresos de los operadores privados de telecomunicaciones (como Movistar) y un aporte de los canales de televisión privados. Este sistema, que eliminó la publicidad comercial en 2010, le otorga independencia de las presiones comerciales directas. El resultado es una plataforma gratuita para el usuario que ha logrado un crecimiento récord, alcanzando una media de 11,4 millones de usuarios únicos mensuales en 2024, impulsada por series de ficción propias, documentales, eventos deportivos y su vasto archivo histórico. Demuestra que un servicio público sin coste directo para el usuario puede ser un líder del mercado.
2. National Film Board of Canada (NFB): El Estado como productor y distribuidor global. El NFB de Canadá es más que una plataforma: es una agencia pública de cine y medios digitales que, desde 1939, tiene el mandato parlamentario de “interpretar Canadá a los canadienses y a otras naciones”. Funciona como un productor de contenidos y un distribuidor público a la vez. Como agencia del gobierno, se financia con fondos públicos, lo que le permite no solo crear sus propias obras audiovisuales, sino también apoyar al sector independiente con un fuerte compromiso con la diversidad regional e indígena. Su colección supera los 14.000 títulos, con más de 7.000 disponibles gratuitamente en su plataforma online, NFB.ca. Es un tesoro reconocido por sus documentales y películas de animación, que han ganado más de 5.000 premios, incluyendo 12 Oscars. Con más de 57 millones de visualizaciones en todo el mundo en un año, el NFB ejemplifica cómo el Estado puede participar activamente en la creación de un patrimonio cultural digital y hacerlo accesible a una escala global.
En definitiva, estos esquemas no buscan prohibir el uso del auto, sino ordenarlo. Si alguien necesita sí o sí ir en auto, puede hacerlo, pero pagando un precio que refleje el valor del espacio que ocupa. Ese ingreso puede —y debe— reinvertirse en mejorar el transporte público y la infraestructura para modos más sostenibles. Pero cuidado: si el transporte público no es bueno, no hay estrategia de congestion pricing que funcione. Por eso es clave que haya una traducción directa entre lo que se cobra y la mejora de las alternativas: si se paga más por usar el auto, ese esfuerzo tiene que verse reflejado en opciones de transporte público más rápidas, cómodas y eficientes.
Innovación y equilibrio
La defensa de las plataformas públicas no puede basarse en la nostalgia o el proteccionismo cultural. Requiere políticas públicas innovadoras que comprendan que este desafío trasciende fronteras nacionales y afecta a democracias de todo el mundo.
El objetivo no es competir directamente con Netflix u otras plataformas – una batalla perdida de antemano – sino ofrecer una propuesta de valor diferenciada que enriquezca el ecosistema audiovisual. Las plataformas públicas pueden ser laboratorios de experimentación cultural, espacios de diversidad, archivos accesibles del patrimonio nacional.
Más allá de los casos de éxito individuales, una de las ideas más potentes para el futuro es fomentar la colaboración internacional entre las plataformas públicas. ¿Podríamos imaginar una red donde Cine.ar, RTVE Play, NFB y otras compartan parte de sus catálogos? Esto crearía una especie de “Netflix de lo público” a escala global, con un doble beneficio. Por un lado, enriquecería enormemente la oferta para el público local, que tendría acceso al cine y los documentales de otros países con la misma curación y espíritu de servicio público. Por otro lado, abriría una vía de distribución sin precedentes para nuestro propio cine, permitiendo que llegue a audiencias de todo el mundo. Iniciativas como Arte, la plataforma franco-alemana, ya demuestran que la colaboración transnacional no sólo es posible, sino que es una forma poderosa de ganar escala, calidad y relevancia cultural.
El futuro de nuestro consumo audiovisual no debería ser una victoria total de un modelo sobre otro, sino la construcción de un ecosistema equilibrado. Un espacio donde las plataformas comerciales ofrezcan escala y entretenimiento masivo, mientras las plataformas públicas garanticen la diversidad, la memoria cultural y el descubrimiento. Sin duda este equilibrio no se genera solo transformando las lógicas de distribución y exhibición, es necesario ampliar la lupa y abordar otros temas, especialmente el de la producción y su financiamiento. No vamos a meternos ahí en esta oportunidad, pero asumo el compromiso de seguir profundizando en este ecosistema para próximas ediciones.
La supervivencia y el fortalecimiento de Cine.ar no es una cuestión de competencia de mercado, sino una necesidad democrática para mantener una esfera pública digital vibrante, diversa y autónoma.
La pregunta, entonces, no es si las plataformas públicas pueden competir con los gigantes. Es si podemos permitirnos un mundo audiovisual sin ellas.
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Abrazo de gol.
Juan
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